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Ahora que estamos en medio del embrollo ecológico es cuando algunos se despiertan del sueño de las mil y una noches, entusiasmados con el crecimiento del cemento asfixiante, autorizado por los políticos con mando en muchas poblaciones, que actualmente quedaron obsoletas y vergonzosamente deslucidas, sucias, sin reparar, ni limpiar los horrendos grafitis en puertas y fachadas; bancos rotos, escalones gastados, donde la gente puede romperse la crisma. ¿No les da vergüenza, señores regidores? En primer lugar: el ínclito alcalde de la ciudad de Palma, que aparte de cortar árboles del castillo de Bellver (patrimonio nacional), está instalando un montón de cachivaches pintados de colorines vivos; como toboganes, columpios, caballitos, etcétera, es decir: un parque infantil, unos bancos, quizá un bar, un retrete y un servicio de limpieza y otras filigranas. Apuesto a que en tres meses estará hecho una soberana porquería.

Pero no todos los ayuntamientos son iguales. Los hay que tienen su feudo limpio como la plata y han construido, teatros, monumentos, señalizaciones viales... Además, la mayoría obedece las normativas, innovan, mejoran las carreteras... Pues eso: que muchos municipios llevan ventaja sobre la capital de Balears, como si fuéramos los más pobres de la Isla. También existen pueblos más pasotas, que sólo se preocupan por tonterías. Siguen como en el siglo pasado debido a su desidia y el pésimo gusto de sus regidores. Bueno, qué decir.

Casi todos los pueblos cuentan con arquitecto, el cual no tiene en cuenta los reglamentos municipales de la villa. En definitiva, son los diseñadores con carrera los que deciden las obras y quienes construyen a su libre albedrío como edificios con grandes ventanales acristalados, terrazas espectaculares, piscinas tortuosas, persianas amarillas... Todo ello precisamente junto a las casas propiamente mallorquinas, con la techumbre de teja árabe, marès, piedra de cantería… La vida cambia velozmente, todo por querer ser tan modernos como Miami. Bien pues, ya somos modernos, además de «lo guapo» que quedaron chalets, villas y hoteles.

Ahora se construyen a tenor de los compradores extranjeros –y locales–, que buscan la última moda estando obligados a adecuarse al entorno; sin estridencias, ni mamarrachadas que destrozan la idiosincrasia propia existente, armónicamente, desde siglos. Lo ancestral se considera viejo, pero es arte e historia, con edificios de cada época desde el Homo sapiens. Así sabemos qué crearon y quiénes pasaron por estas tierras, donde nos dejaron múltiples objetos prehistóricos de valor incalculable que ahora podemos vislumbrar.