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Resulta fácil de comprobar que quienes se hallan en el ejercicio del poder suelen gozar de una gran inmunidad con respecto a la acción punitiva de la justicia. Ahora que andamos tan metidos en estos asuntos quizás convendría abrir unos nuevos estudios, una rama de epidemiología política. Lo cierto es que la mayoría de escándalos y fechorías cometidos a la sombra del poderoso, y con los que tantas veces guarda relación, apenas les salpican. Fijémonos, por ejemplo, en el caso de José María Aznar. Bajo sus dos mandatos, miembros destacados del PP, obviamente a sus directas órdenes, batieron el récord europeo de condenas por corrupción. Y Aznar tan pancho, momificado en ética, de pacotilla, naturalmente.

Algo parecido le está ocurriendo al presidente de Francia. Asesores personales, guardaespaldas, dos ministros, y uno de ellos, Eric Dupont-Moretti, de Justicia, nada menos, está teniendo muy serios tropiezos con la Justicia, sin que a Emmanuel Macron parezca alterársele el pulso lo más mínimo. Y conste que estamos hablando de una Francia en la que en los últimos decenios ha habido presidentes que han pasado por auténticos apuros, de los que o han salido con bien, o si se ha probado su relación con el delito, la cosa no ha ido a mayores. Si exceptuamos a Jacques Chirac, sentenciado a dos años de prisión por malversación, que no cumplió, y a Nicolas Sarkozy que sigue aún hoy entrando y saliendo de los juzgados con enorme tranquilidad, lo demás, nada. Traca final: se ha hecho pública una conversación telefónica mantenida entre la esposa de Macron y una asesora presidencial que ya ha pasado por la prisión y podría volver, en la que la mujer del presidente le recomienda, «Tienes que aguantar. Aguanta». ¿No les suena?