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Es absurdo negarlo, ya está aquí. Fue intentar recuperar la actividad prepandemia y se vino todo abajo: interrupciones en la cadena de suministro, ruptura del sistema de transporte, escasez de fertilizantes agrícolas, cambio climático desbocado (incendios forestales, inundaciones, sequías), cortes de Internet y de energía, extremismo político y regreso de la estanflacion –inflación sin crecimiento– como durante la crisis del petróleo de los años 70. Prepárense para la enorme subida de precios, sobre todo de la alimentación, pero también de la electrónica y de todo lo demás. Faltan litio, cobalto y níquel (y por tanto microchips), materiales de construcción (incluso arena), acero, aluminio, madera y, sobre todo, energía barata. La electricidad se nos raciona mediante precios por franjas horarias. Cierran industrias y negocios.

Reino Unido, muy tocado, cambia trenes eléctricos por diésel y junto con España cierra fábricas de fertilizantes. China e India –que no tienen ‘Brexit’– padecen, como Europa, una brutal crisis energética. China reabre centrales de carbón, muy contaminante, y hay quien vuelve a reivindicar las temibles nucleares.

Aún habrá repuntes. Se presionará a Argelia para que suelte más gas, se pondrá en marcha el gasoducto ruso Nord Stream 2 y se exprimirán todos los pozos, pero sin buscar ya nuevos yacimientos, porque lo que queda no es rentable. Pese a la actual escasez, la ONU advirtió esta semana de que la producción de combustibles fósiles supera un 110 % lo acordado para frenar la crisis climática.

Se gripa la máquina. El colapso ya está aquí, es obtuso negarlo. Han sido muchos años de avisos. Hemos topado con los límites del planeta. No volverá la normalidad. Habrá breves recuperaciones pero siempre fugaces, y la tendencia general será descendente. Cuidado con que la implosión del capitalismo no nos arrastre a todos en su caída. Olvídense del crecimiento. Habrá que gestionar inteligentemente el decrecimiento, que no es una opción, sino un hecho inevitable. Toca trabajar menos, producir menos, consumir menos y contaminar menos. Y ante la falta de crecimiento, redistribuir. No tiene por qué ser peor, incluso es una magnífica oportunidad para hacerle un reset a este sistema socioeconómico perverso y a este planeta enfermo. Pero me temo que no lo haremos.