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Recurrentemente escuchamos alusiones a derechos de los animales y ahora, que se quiere promulgar la ‘ley de protección y derechos de los animales’, más. No es extraño existiendo una Dirección General de Derechos de los Animales, cuyo titular quiere dejar su impronta. Como todos, vaya. Se trata de quien últimamente afirmó (lo que corrió como un reguero de pólvora por las redes sociales) que «no podía hablarse de animales de trabajo porque estos no podían sindicarse» y otras perlas. Proyecto de ley que usa en su texto conceptos como dignidad y derechos de los animales. Lo que trasciende en mucho el concepto de seres sensibles usado por el artículo 13 del Tratado de funcionamiento de la UE. Ante cuya coyuntura la pregunta del millón es si tiene sentido el derecho en la vida animal. La respuesta es categórica, no. Tanto si nos referimos a grandes simios como a ínfimos insectos. La ley de los animales es la ley de la naturaleza o del más fuerte y sus normas de comportamiento los instintos. Lo contrario al derecho. Al haber sido la teoría creacionista del mundo el sustrato ideológico del derecho y ser aquella de naturaleza antropocéntrica, es difícil para un jurista que se precie aceptar el concepto de derecho referido a los animales. No obstante, hay grupos radicales que lo hacen y propugnan hasta matar personas para salvar animales y otros que consideran la caza una actividad asesina. Como que no se puede soslayar que para tener derechos hay que tener personalidad jurídica, los más atrevidos la reclaman para los animales. Un problema del positivismo jurídico es la locura que puede ocasionar que cualquier disparate llegue a ser derecho. Lo estamos viendo como nunca se vio. El proceso de banalización es universal. Si bien en ese contexto, derecho no puede sino hacer referencia al comportamiento humano con respecto a los animales. Una deontología que tiene que ver con pensar que la manera que tenemos de tratar a los animales es un indicador de cómo somos capaces de tratar al hombre. ‘Derecho de los animales’ no puede sino hacer referencia a las obligaciones que tenemos los humanos respecto a esos seres con los que convivimos en la tierra. Mas el derecho es un constructo humano, del hombre para el hombre. De seguir por esta senda se podría llegar a «reconocer el derecho de autodeterminación de las gallinas (y otros semovientes), lo que según Vázquez Montalbán sería el principio del fin del orden espiritual y material del universo, la OTAN incluida». ¿Vale?