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Un familiar mío tiene una parte de su casa fuera de ordenación. Aunque la construcción fue legal, un día su Ayuntamiento decidió cambiar los criterios urbanísticos y desde entonces lo que antes era legal pasó a estar condenado. Quedaba prohibido todo en esa edificación fuera de ordenación, incluso pintar. Mi familiar acudió al alcalde a ver qué podía hacer porque aquella parte de la casa estaba poniéndose fatal.

Entonces, palpó en directo la esencia de nuestra política. «Arréglelo, déjelo cómo quiera, que yo por esta vez no habré visto nada». Es lo que mi familiar entendió perfectamente, aunque el alcalde no lo dijo con esas palabras. Estas fueron: «¿Lo has visto? Soy bueno, te dejo pese a que es ilegal. Ya sabes, pues, qué has de votar en las siguientes elecciones. Soy yo quien te ha permitido esta excepción».

Esto es quintaesencia en nuestra política: la discrecionalidad del gobernante. El ciudadano no tiene derecho a exigir, la ley no lo ampara, sino que el político concede amablemente, magnánimamente. Nosotros contentos, sin rechistar, a ver si todavía nos va a mandar un celador.

Así funciona el Régimen Especial de Baleares: nuestros políticos van a Madrid y le dicen a Sánchez o a Rajoy que «la oposición me está acribillado con esto del dinero; va siendo hora de que me des algo para acallarlos, que tenemos que ganar las siguientes elecciones». «Algo haré», les contestan.

En efecto, unos días después se presenta en Palma el Montoro o la Montero que sea y saca de las chistera ciento diez millones, sin que nadie sepa por qué no más, por qué no menos. Encima que nos promete dinero, sólo faltaba que cuestionar de dónde sale eso. Calladitos y a aplaudir.

Estos son los derechos que tenemos para financiarnos. O para conseguir dinero de Madrid. Pero tampoco nos engañemos: esto es como tiene que ser. Yo les sugiero que no lean el diario de sesiones del debate parlamentario en el que los partidos políticos de las Islas valoraban ese dinero. No lo hagan porque comprobarán el nivel dramático en el que deambulamos. Simplemente damos pena. Es para que nos retiren hasta eso. Todo es absurdo, atrabiliario, disparatado.

Para empezar, el Régimen Especial pretende imponer al Gobierno central el gasto que ha de hacer en Baleares, lo cual no hay un abogado que pueda compartir; segundo, no establece ningún mecanismo para determinar esas necesidades sino que van a ojo, según vienen las elecciones. Més llegó a decir que para este plus le iba bien entre cien y cuatrocientos millones, lo cual indica nuestro rigor. Tercero, la ley del Régimen pide al Estado que invierta en Baleares, pero deja de lado que Madrid ya no tiene casi competencia alguna en las Islas. Y cuarto, mucho peor, todos aceptan la lógica de que Madrid nos conceda graciosamente, sin obligarse a nada, ni en tiempo, ni en cantidad, ni en plazos.

La narrativa dominante en Baleares dice que la insularidad nos ata de pies y manos. Todo son dificultades, obstáculos, problemas por culpa de nuestra condición insular, lo que al final se traduce en dinero. Desde que Cañellas encontrara el filón del llanto ante Madrid, todos los políticos han sucumbido a la tentación. Hemos dedicado años de reuniones para una ley que nos va a compensar definitivamente por esta tara que nos limita. Tras mil avatares, finalmente ha llegado el momento en el que una ministra ha resuelto nuestro sufrimiento: cien millones de euros anuales.

Eso era la insularidad: un bálsamo que ha apagado las llamas del sufrimiento, ha saciado la sed de justicia de una región –«ha resuelto un problema histórico», dijo una diputada. Al final, la insularidad era apenas del dos por ciento del presupuesto. ¿Hemos dedicado años a quejarnos por una carga que apenas era el dos por ciento del presupuesto público? ¿Eso era la insularidad? ¿Lloramos día y noche por un dos por ciento de los cinco mil millones que gasta el Govern? Si yo fuera político nacional nunca jamás me pondría al teléfono. ¡Vaya panda!, pensaría. Piensan, como se deduce de lo que vemos.

A mí no me preocupa tanto que al final la insularidad sea una pixerada sino que celebremos ser tratados como vasallos: Madrid ha tenido a bien darnos una dádiva, que podría haber sido más o menos. Vino Montero y nos dijo cien, pero el día antes nadie hubiera podido aventurar una cantidad. ¿Qué habría pasado si nos dice que nos tocaban ochenta millones? Pura discrecionalidad. Y nosotros aplaudimos.

Unos son arbitrarios como alcaldes, otros como presidentes del Gobierno. Las esencias de nuestra España discrecional no se tocan. Por eso Franco murió en la cama, porque era tan nuestro.