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Manías, y me refiero a las comunes y no a las que se asocian a un trastorno mental, las tenemos todos. Forman algo así como la componente caprichosa de la personalidad de cada uno, en el fondo una extravagancia aceptable, una rareza admisible por más que se resientan generalmente de una no muy buena consideración. Y de entre ellas quizás convendría distinguir las manías de siempre y las que se van cogiendo –porque las manías «se cogen»– por el camino, siguiendo el trote de la realidad cotidiana. De tal modo se entenderá, pues, que en estos tiempos de extraordinaria tensión social, lo de ir acumulando manías nuevas, o acrisolando las de siempre es lo corriente.

Descendamos al terreno de algunos casos concretos. Me fijo, por ejemplo, en Mario Vargas Llosa, al que valoré en su momento como escritor y mucho menos como ajada estrella de la prensa rosa; bueno, pues ahora, le he cogido algo de manía por aquello de airear en los medios lo de que un fraile le había metido mano, algo que por cierto ya había contado en sus memorias. Pesadez. Como la de Almodóvar, ¡pero qué perra tiene este hombre con lo de las madres, la suya y las de los demás! Caramba, que hay más argumentos a trillar. Manía de antes y ahora reforzada es la que siento por los nuevos cocineros, si lo prefieren ‘chefs’, y me refiero a esos que deben su éxito al provincianismo de una mayoría; hay que ver cómo se expresan, casi como los arquitectos de nueva hornada.

Manías, manías, manías, inofensivas, cuando menos las mías, respetables, aunque no por ello merecedoras de tomarlas en serio. En el fondo no son más que chifladuras, rarezas de cada uno que pueden contribuir a hacer más soportable esa vida de todos los días.