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Hannah Arendt escribió que en un futuro se consideraría normal que una Humanidad unificada «decidiera un buen día exterminar a una parte». Vio que pertenecer a la aldea global significaría que la gente vería con buenos ojos acabar con los que no desfilan ni acuden a obedecer así como a quienes se cuenten como minoría. Si el crimen del todos contra uno fue la fe fascista, el futuro tecnológico prometía una naturalidad en convertir el linchamiento de la minoría en algo normal.

Recientemente, se declara divina la voluntad de la mayoría y sus técnicos políticos. Es tan perfecta la mayoría que los daños causados por sus decisiones no son punibles y además, se le carga la culpa al dañado. Sucede en redes sociales y es de buen tono cuando se culpa al fallecido si padece cáncer u obesidad tanto como si enferma tras vacunarse: en seguida se le imputa a la víctima la culpa del daño sufrido: «este comía fatal» o «esta sufría trastornos alimenticios». Alguien me dijo que el virus que «domina el mundo» demuestra que la gente «tiene una nutrición desastrosa que la ha castigado».

No hay piedad ni con los miembros de la mayoría, porque ante «efectos adversos» se argumenta lo mismo. Frente a las cifras admitidas de ictus tras la vacuna todos argumentan, ¿y qué es eso comparado con los millones de vacunados sin daños? Me huelo que se aceptarían decenas de millones siempre que sea ‘una minoría’. Desde hace tiempo, los políticos hablan de «enemigo invisible de la mayoría». En cada discurso funden las dos imágenes en un mensaje: la minoría es el enemigo.

Lo eliminable y lo etiquetado como estúpido y loco es la minoría. Tan fuerte es la necesidad de pertenecer a la mayoría que aceptan ser inyectados con un producto cuyos efectos no pueden ser denunciados ni al fabricante ni al Estado. Y cuando les dicen que no evita contagios y que solo disminuye los síntomas aceptan más dosis. V. Zelenko, doctor eminente dijo «si no sirven dos dosis, ¿cómo van a servir las siguientes?» Pero la comunidad se mete lo que sea para pertenecer a la ‘mayoría’. Y dan por hecho que ‘estar fuera’ es peor que la muerte. Por eso, si les dicen que los no vacunados son los culpables aplauden aunque la paradoja sea que los ‘protegidos’ estén en peligro por los desprotegidos.

La mayoría no tolera a la minoría y se siente amenazada si hay alguien que no esté en el movimiento ‘mayoritario’. Los políticos hallaron esta receta maestra. Y administrarán muchas más dosis de esta receta que justifica todo.