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Es curioso, vaya donde vaya, oigo a alguien decir que esperan que el próximo año la temporada turística sea como antes de la pandemia. Todos aquellos que rezan para conseguir lo que desean, y esperan, no tienen la menor intención de cambiar su negocio, ni al menos mejorarlo, inventarlo y patentarlo. No, nosotros no creamos nada, simplemente nos conformamos con copiar todas cuantas cosas han creado los extranjeros residentes o multinacionales con sede en las Islas. ¡Por Dios! siempre vamos detrás de otros que nos llenan de chismes las playas, sean inflables o fijas, que ocupan un gran espacio en el mar o la arena. Estos bártulos son propiedad de una empresa que cobra x euros la hora, a beneficio propio, como las galeras, pobres caballos, a pleno sol tirando el carromato cargado con varias personas; cobran a los turistas y no pagan al ayuntamiento. ¡Olé tu tía! Copiamos todo lo que viene de fuera y no sacamos nada nuestro.

No podemos seguir así, entreteniendo al personal repitiendo lo mismo. Por favor, abran sus cabezas y engendren algo nuestro, de aquí: artesanía única y valiosa, y no cositas hechas por los chinos que se encuentran en cualquier bazar. La solución que deberíamos buscar sería volver a nuestros orígenes, orígenes que no sean el pasado, sino el futuro de aquello que sabíamos hacer y que hace tiempo hemos olvidado. Por ejemplo, cestas y bolsos de palmas finas y bien trenzadas como hacen en Italia y Murcia; sombreros de paja, figuras de vidrio, vasos y jarrones, “espardenyas” de esparto, a mano, vajillas pintadas. Todo lo que recuerdos que vendemos se traen de fuera de Mallorca, salvo el vino qué es muy bueno y más caro del mercado.

Igualmente teníamos telares produciendo telas de algodón de diseño autóctono de “llengues” que lo mismo servía para cortinas, doseles de cama, y tapizar lo que fuere. Los forjadores de hierro hacían virguerías en balconadas impresionantes, y las había en muchas casas, en el Gran Hotel, y la Catedral. Se hacía sábanas y mantelerías de hilo d’Escambray, bordadas a mano. Los carpinteros hacían cómodas, mesas, sillas finísimas, denominadas “mallorquinas”. La gastronomía propia ha desaparecido, o falseado. De lo dicho, ni se habla ni se conoce: no le dan ningún valor. Dicen los mallorquines que aquí sólo se puede vivir del turismo, otra cosa nunca existió. Acabaremos mal, qué pena.