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Hay vidas que se hacen públicas sin que el protagonista lo quiera. Sólo por ser víctima. Cuando uno comercializa su existencia, como los que viven del famoseo, debe atenerse a las consecuencias y no venir con lloriqueos cuando el juego ya no le seduce. La contraprestación que estos sujetos reciben, como engorde de su cuenta corriente o de su ego, supone perderse el respeto a sí mismo y ganarse la irreverencia de la sociedad. Ya no hay vuelta atrás para los aspirantes a personajes que se quedaron en personajillos. Cuando uno se desnuda ante toda España y utiliza las cámaras para lavar trapos sucios, está condenado a tender los calzoncillos en televisión. No siento consideración por todos los que despreciaron el anonimato sin haber hecho nada admirable. Y siento repugnancia por aquellos programas que los encumbran ensuciando el periodismo.

Pero hay situaciones opuestas que generan una responsabilidad que sí tienen los medios cuando se ataca la intimidad sin justificación, cuando uno es víctima y el morbo lo convierte en protagonista de la noticia, cuando se busca audiencia con sensacionalismo, cuando se señala y estigmatiza. Hay casos que pueden entenderse, y el periodismo incluso resultar un apoyo o denuncia fundamental, pero hay que tener mucho cuidado en no sobrepasar límites que vulneran la protección. Este asunto es especialmente importante cuando afecta a menores y a víctimas de delitos sexuales o violencia machista.

Por eso los medios deberían reconsiderar el bautismo de los casos, y jamás incluir en la denominación el nombre de los vulnerables. La ética debe imperar y marcar a los delincuentes. Sin embargo, los medios se refieren de forma recurrente a las víctimas. Así fue en el caso de Fernando Blanco , que estafó con la enfermedad de su hija para recaudar cientos de miles de euros; en el de Rosario Porto , asesina de su hija adoptada, o en el de Ismael Álvarez , político que acosó a una compañera de partido. Son ejemplos que desvían la atención ocultando nominalmente al culpable y que ocuparon decenas de titulares con la referencia de ‘Caso X’, sustituyendo la incógnita por nombres de niños o mujeres víctimas de violencia. Porque la fama siempre recae en las víctimas que no la quisieron.

En algunos sucesos, el dañado ya no está para contarlo. Su denominación quizá sirve para mantener su recuerdo, pero nadie le preguntó si quería eternizar su nombre o prefería señalar de por vida al abyecto que se la quitó y siguió aquí.

Los sucesos requieren un tratamiento informativo responsable y respetuoso, especialmente cuando hay menores implicados. Y deben partir adoptando la denominación del acusado para su exposición mediática, y no la de la víctima. No me vale apelar a la presunción de inocencia, que en ningún momento se ha supuesto para los agraviados. En el hipotético caso de equivocación, ya habrá tiempo para la enmienda.