Pedro Sánchez ha conseguido una incontestable victoria ante el separatismo catalán. Lo ha roto. Ha sido él quien ha provocado que ERC haya optado por lo que el filósofo indepe Bernat Dedéu ha acuñado -con la ocurrente mala baba sólo al alcance de los inteligentes- como el imposible «soberanismo autonomista»: no renunciar en teoría a la independencia pero renunciando a ponerla en práctica y por tanto aceptando de hecho la autonomía. Esta ruptura de la unidad de acción independentista tiene como consecuencia ir acotando y aislando, cada vez más, al movimiento de Carlos Puigdemont, aferrado a la ruptura como forma de hacer política, en una permanente huida hacia adelante, lo que le va restando legitimidad a ojos internacionales.

Cuando en 2018 Sánchez se catapultó sobre los partidos nacionalistas vascos y ERC para llegar a La Moncloa la estrategia ya estaba acordada. En síntesis: «yo en Madrid y tú en Barcelona». O sea: elevar a ERC hasta la presidencia del gobierno regional y mantenerse él en el nacional. Junto al acuerdo con el resto de nacionalistas y la ultra izquierda. Una reedición, acomodada al contexto político actual, de aquel pacto de San Sebastián de 1930 entre el PSOE y fuerzas nacionalistas para romper la monarquía e instaurar la república.

Al contrario de lo que tantos en la derecha se creen, este acuerdo de fondo puede consolidar a Sánchez en La Moncloa por mucho tiempo. Es el objetivo, por supuesto. Todo lo demás resulta para el socialista entre secundario y marginal. Se trata de aunar a todos los que no son PP y Vox para evitar que estos dos gobiernen, aun cuando el partido más votado en las siguientes elecciones generales fuera el PP. No hay que descartar el éxito de la estrategia. De momento le está funcionando y ninguna encuesta -cabe repetirlo: ninguna- augura que sea seguro su fracaso.

Para ello necesita que ERC se consolide al frente de su gobierno. Tras el pago del indulto a Oriol Junqueras -sin éste los demás líderes independentistas condenados seguirían en la cárcel, no sirven para el PSOE- ahora se trata de desmantelar al puigdemontismo. En eso están. Para que cuando pueda su líder volver a Cataluña sin su única arma política -el victimismo creíble- para hacer frente a una pena mínima -tras la reforma del Código Penal- el segundo de Junqueras -Pere Aragonès- esté ya consolidado al frente del Ejecutivo catalán y con garantías crecientes de que en las siguientes urnas autonómicas podrá batir mejor al movimiento del expresidente.

A medio plazo no habrá cambios en la colaboración entre PSOE y ERC. No serán sólo los dos años de los que se hablan, de duración de la negociación. La cosa va mucho más allá. Les interesa y beneficia a los dos -y a los nacionalistas vascos- mantener vigente el acuerdo de fondo. Y como no es plausible que la otra parte -Podemos- pueda romper esta alianza, no existe razón objetiva alguna para que sea una convergencia breve. Su único potencial flanco erosivo que podría desbaratarlo todo es Puigdemont y la situación política en Cataluña.

Diferente cuestión es qué pasará con la independencia catalana. No la va a conseguir la actual generación de líderes políticos separatistas. Eso ya está claro. Pero este indudable éxito de Sánchez, rompiendo la unidad de acción secesionista, tiene y tendrá un coste para la justicia española tan gravoso -el correctivo que recibirá el Tribunal Supremo será histórico-, incrementa tanto la debilidad política del Estado -fue incapaz de parar el independentismo con Mariano Rajoy y ahora con Sánchez se fragiliza todavía más- y otorga de forma tan rotunda y nítida carta de naturaleza internacional al separatismo -hace 11 años casi nadie en el mundo sabía que existía, hoy no hay cancillería que ignore que es mayoritario en votos en Cataluña- que si la siguiente generación secesionista recupera la unidad de acción y «lo vuelve a hacer» será muchísimo más difícil de parar -por vía pacífica- que ahora.