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Si le preguntas a cualquier persona menor de cuarenta años qué significa Japón o la cultura japonesa para él responderá con alusiones a los videojuegos, dibujos animados como Son Goku, el zen, el sushi, incluso las geishas o los samurais, quizá nombre algún autor como Murakami o al gigante Godzilla y sus ridículas películas.

Todo ello forma parte del grandísimo blanqueamiento cultural que ha experimentado la imagen del imperio del sol naciente desde que, hace ahora 76 años, la aviación norteamericana barriera de un plumazo –bombazo, en este caso– las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Una fecha histórica que la mayoría de nosotros recordamos con pesar porque representa lo más abyecto del género humano.

Y, sin embargo, esas dos bombas atómicas que dejaron una huella indeleble en la mente colectiva, lograron ponerle freno a un monstruo imperialista que mostraba la cara más criminal de la que es capaz el hombre. Sí, ese mismo Japón que ahora nos recuerda a los cerezos en flor, la ceremonia del té y los peluches kawai, intentó durante siglos convertir toda Asia en un territorio esclavizado. Torturas, violaciones, asesinatos, conquistas y toda clase de excesos fueron el pan nuestro de cada día de las naciones vecinas, que vivieron aterradas cada vez que la fuerza bélica nipona asomaba por sus fronteras.

En esta sociedad líquida, casi gaseosa ya, de mentiras y barnices que habitamos, el más poderoso ejército es el márketing. Las maniobras propagandísticas son capaces de hacernos creer cualquier cosa. Por eso la imagen actual de Japón es blanca y bella, dulce y lúdica. Pero existe la historia, por desgracia para los que comulgan con ruedas de molino.

Y las huellas que deja. Por eso reivindico que a los niños –futuros ciudadanos adultos y pensantes– se les ofrezca la oportunidad de saber. De conocer. De estar bien informados. De lo bueno y de lo malo. Más allá de los dibujos animados –no solo de Japón, de cualquier país o cultura–, las canciones o los lugares comunes.

Para formarse una opinión justa, coherente y fundamentada hacen falta cimientos, no banderines de colores. Japón ha dado y da tesoros valiosos a la historia de la humanidad. Pero también ha sido capaz de las vilezas más bajas. Todos deberíamos saberlo para poder ponderar sabiendo de lo que hablamos.