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La historia es importante en tanto sirve para comprender el presente. Si sabemos de dónde venimos, podremos saber mejor hacia dónde vamos. Sin embargo, se puede pensar con Heidegger que «la raíz del pasado se encuentra en el futuro», porque «sería imposible comprender el pasado si se ignorasen las maneras con las que los hombres que lo vivían se proyectaban al porvenir». (Gérard Vincent) Es decir: que la observación y vivencia del presente nos permite hacer una mejor y más atinada lectura del pasado; porque a los múltiples factores que se dan, tanto en el presente como en el pasado, la observación actual otorga mayor realismo al proyectarse hacia el pasado.

Esta idea, que hace tiempo me asaltó la he sacado a colación con ocasión de la lectura de El libro negro y Gog ; una curiosa obra en forma de diario, en el que un multimillonario más que extravagante loco, llamado Goggins o Gog; personaje creado por Giovanni Papini, al que hace viajar por el mundo opinando de lo divino y de lo humano sin recato alguno.

En el capítulo «Historia al revés», se encara a los historiadores sin ningún respeto, diciéndoles que «los historiadores incurren en la encallecida imbecilidad que hace comenzar toda historia por un hipotético principio para llegar a un fin próximo a nosotros. Historiadores que considera son extrañas criaturas que tienen los ojos en el cogote o en la espalda». «Esa circunstancia es la razón por la que todos, desde Heródoto a Wells , no han comprendido nada de la historia de los hombres». Lo que es gratuito e injusto. Pero interesante en tanto en cuanto le permite explicar su método de estudio de la historia; que consiste en retroceder desde el presente hacia el pasado, porque entiende que los acontecimientos no adquieren su importancia hasta pasado tiempo, tal vez decenios. Como ejemplos pone, entre otros, el imperio romano y la revolución francesa. El primero, dice, no se entiende sin las invasiones bárbaras y la segunda sin Napoleón . Porque «el después es lo que explica el antes». Y a su historia la empieza en 1919, con la Paz de Versalles y la termina con el primer día de la Creación, cuando se lee en el Génesis : «La tierra era soledad y caos»; un método que no deja de ser curioso por extravagante.