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De verdad: cada vez lo llevo peor. En mi casi medio siglo de vida, he transitado aeropuertos una y otra vez, y ahora que ya debería estar acostumbrado, me siento en cambio mucho más perdido e indignado que antes. Indignado porque además de ser un caos sin sentido desde el punto de vista arquitectónico, este aeropuerto de nuestras Islas se ha convertido en un inmenso bazar por el que no puedes transitar tranquilo (no quiero un chupito, señorita, quiero coger un avión, y me obligan a pasar por aquí sin dejarme alternativa), donde la comida es de plástico a un precio prohibitivo, donde los otros plásticos que te dan para proteger tus pies son tan ridículos y están tan mal hechos que no te impiden pisar un suelo sucio (¿dónde queda aquello de no tocar superficies contaminadas?), y donde además en estos tiempos pandémicos te sientes en constante peligro por el caos que te rodea y las medidas que cambian todo el rato y la imposibilidad de saber qué pasa o qué deja de pasar a tu alrededor. ¿Y saben qué es lo peor de todo?

Que si de repente yo decidiera llevar mi hartazgo a la práctica y sencillamente me quitase la ropa para caminar por el aeropuerto desnudo, entonces sí que todo el mundo se escandalizaría y empezarían a gritar que eso es una vergüenza que no se puede consentir y que debería haber medidas para que se controlase semejante comportamiento y que hay cosas intolerables y que esas maneras de hacer y de tratar a las personas no son propias de una sociedad civilizada.