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Quizá sea muy exagerado (y, sobre todo, pedante) ponerlo como ejemplo práctico del imperativo categórico de Kant. Pero, de entre todos los pequeños recuerdos de estos tiempos que se iniciaron con la declaración del primer estado de alarma en marzo de 2020, he retenido el de aquellos días del confinamiento duro, los previos a la Semana Santa y siguientes, en que los autobuses de la EMT de Palma circulaban prácticamente vacíos y muy espaciados en el tiempo. Era más fácil llegar andando a cualquier parte que en autobús.

Había que subir aquellos días por la puerta central, una cinta separaba el espacio del chófer o choferesa de quienes los utilizaban e –incluso– era preciso estirar el brazo por encima de la cinta para acercar la Tarjeta Ciudadana a la máquina. Por aquel entonces –los primeros de lo que empezamos a llamar distopía– se había decidido que no se podía pagar con monedas. La mascarilla no era aún obligatoria en los locales que estaban abiertos ni siquiera para viajar en autobús, aunque a partir del próximo sábado (cuando ya no se exija cubrebocas para pasear por la calle) seguirá siéndolo. Aquellos días la gente que subía al bus continuó acercándose a pagar con su tarjeta. En su inmensa mayoría, aunque supieran que iba ser muy raro que te hicieran pagar si decidías hacer como que te habías despistado.

Es uno de esos recuerdos que se me han quedado y que –como ha hecho tanta gente– anotaba en las libretas donde apuntaba lo primero que se me ocurría. No conté más de dos o tres personas que subieran con idea de no abonar el importe del trayecto. Un trayecto que únicamente llevaba a casa o al trabajo (si no teletrabajabas) y que permitía ver una ciudad desierta salvo por las colas en los supermercados, los bancos o las tiendas de telefonía. Pasado mañana empezarán a caer las mascarillas en la calle y, algún día, serán sólo un recuerdo.