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El Parlament anunció la semana pasada que cierra lo que queda de junio, julio, agosto y previsiblemente la mitad de septiembre. Son tres meses de vacaciones y en ese tiempo la Mesa del Parlament no ha encontrado ningún argumento para convocar a los diputados la segunda quincena de junio y, como mínimo, una parte de julio. No debe haber leyes pendientes en tramitación y seguramente para los diputados la actual pandemia, la brutal crisis económica que padecemos, los miles de trabajadores en ERTE, las empresas en quiebra, el precio de la luz y los desahucios, que tanto importaban hace no tanto en las plazas y detrás de las pancartas, no es un motivo suficientemente importante para seguir trabajando un par de semanas más.

Gabriel Cañellas , en la década de los 90, no ocultaba en privado que él no era partidario de asignar un sueldo a los diputados. Decía el expresident que, con un sueldo, y en ese momento la mayoría de ellos tenía oficio y una carrera profesional exitosa, tendrían más tiempo para hacer oposición e incordiar al Govern. Pues se equivocaba Cañellas. Ni con sueldo parece que eso ocurra actualmente. Porque no conviene olvidar que la mayoría de los diputados percibirá los 3.000 euros netos durante estos tres meses y tampoco debe pasar por alto que durante esta pandemia no se lo han bajado ni un solo céntimo. La falta de empatía con los ciudadanos por parte del Parlament es una realidad y parece que les da absolutamente igual. La Cámara autonómica se ha convertido en un edificio donde un par de días a la semana discuten sobre sus temas un grupo de 59 diputados que ya tienen el guion escrito antes del debate. Las aportaciones son muy escasas y a las pruebas me remito: en una ocasión conecté con la web donde daban en directo el pleno de la Cámara. Apenas había 18 personas conectadas. Cero interés.

Ya viví el desencanto por el trabajo parlamentario cuando trabajaba en la tele autonómica. Allí no se debatía, ni se intentaba hacer aportaciones para mejorar las cosas. Todos iban con su discurso previsible. En una ocasión, la diputada socialista Pilar Costa formuló una pregunta al director general. Ante la sorpresa de todos, se marchó de la sala sin escuchar la respuesta. Tenía prisa para irse al aeropuerto. Otra vez la misma Costa y su compañero Cosme Bonet convocaron a los medios antes de la comisión. Denunciaban la manipulación y el ejemplo que pusieron es que algunas noticias relacionadas con el PSOE solo habían salido en el informativo del mediodía. Evidentemente fueron eliminadas para el informativo de la noche por su nulo interés. El criterio profesional, ya saben. En realidad, Costa estaba dolida porque se había hecho una pieza sobre la instrucción de ‘Eivissa Centre’ que llevaba dos años paralizada. Tras el encuentro con los medios, la indignada Costa y su compañero ni siquiera entraron en la comisión, a pesar de cobrar un sueldo cada mes por ello.

Luego los políticos se quejarán de la mala imagen que tienen ante los ciudadanos, pero si ni siquiera se guardan las formas y ahora mismo tomarse tres meses de vacaciones es un auténtico escándalo, realmente tenemos un problema. Se escandalizan (y yo también) con la propuesta de Vox de suprimir las autonomías, pero mejor que no pregunten a los ciudadanos sobre lo que piensan. Puede que se llevasen una gran sorpresa.