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Si hay un sanctasanctórum que las autoridades culturales mallorquinas deberían mimar, ese es la Biblioteca Bartolomé March, cerrada durante el último año por la pandemia. Su fondo balear (y no balear) –manuscritos, mapas, grabados, libros vetustos y opúsculos– es enorme hasta el punto que pocos sitios, o en ningún sitio del mundo, tienen un fondo local (es decir, de un territorio) como el que tenemos la suerte de tener en esa biblioteca que comenzó siendo la colección privada del exquisito Bartolomé March.

El conjunto de rarezas que este mecenas iba adquiriendo por el ancho mundo poco a poco se fue ampliando por mor de sus excelentes bibliotecarios. Uno fue don Lorenzo Pérez, gran lulista y uno de los eruditos mallorquines más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Lo mismo se puede decir de mi adorado Jaume Bover (siempre con su bata blanca impoluta). Él era otro sabio de la galaxia Gutenberg que frecuentaba El Baratillo (yo a veces le acompañaba con mi apreciado Ramon Rosselló Vaquer) para adquirir todo tipo de paperassa histórica que acabó enriqueciendo esa biblioteca áurea que sigue siendo la March. O qué decir de su director, Fausto Roldán, que conoce esa casa como la palma de la mano. Es su brújula y la de todos los investigadores de la historia de Mallorca a los que ha ayudado y documentado durante casi 40 años.

Dado que en la UIB nos aburríamos, un grupo de amigos íbamos cada día, en los ochenta, a parecer que estudiábamos en la Biblioteca March: Miquel Amer (¡tipo estupendo!), Leandro Garrido (genio y figura en la eternidad), Cati Fernández (una maravilla completa), Sebastià Xavier Ateca (economista cultísimo, grandísima persona), Iñaqui González (excelente novelista, otro grande), Antoni Picazo (uno de nuestros mejores historiadores), Peronella Vidal Rodríguez y Mari Ángeles Calleja (mozas extraordinarias ambas, con muchísima clase), María & Margalida Torres (las dos morenas de verde luna), Tina, Toñi, Paz y Andrés N. más Eugenio Losada, José Carlos Casasayas, Móra&Bennàssar&Mellado, José M. Cortés, Lucía Garau, Toni Nadal, María A. Obrador, Miquel Beltrán (un lujo cultural), Cosme Barceló (tan querido)… Son amigos que entonces se movían entre los habituales de la inteligencia mallorquina que pasaban por allí: Baltasar Coll, Jaume Cirera, Jordi Gayá (el último sabio de verdad que nos queda), el pare Llompart, más infinidad de intelectuales que venían ex profeso desde el fin del mundo conocido.

En la March estuvo un tiempo Cati Lliteras Colom y perennemente Magdalena, más Leonor y Fausto manteniendo viva la cultura nuestra: fichando papeles, desenredando madejas y dando facilidades a los investigadores. Leonor Isern y Fausto Roldán se nos jubilan; los dos, excelentes personas, pozos de sabiduría bibliográfica. L&F forman parte de una época de la vida en la que un servidor de ustedes no sabía lo que iba a ser, siquiera si iba a ser algo, para finalmente no ser nada: pero entre ellos, entre sus libros o viajando a Formentera o tomando café con leche diario en el Lírico, estuve siempre arropado por tan queridos amigos. Los años pasan, pero la nostalgia y la lealtad van con uno siempre.