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La solidaridad de Dos Passos con los desafortunados se trasluce en la novela Manhattan Transfer y se pone también claramente de manifiesto en el libro de sus memorias Años inolvidables . En Dos Passos no hallamos la vacuidad nihilista de Scott Fitzgerald ni tampoco los entusiasmos del vitalista Ernest Hemingway , hombre de acción y amante de aventuras, aunque con un poso de tristeza que parece instalado en el fondo de su alma.

En Años inolvidables , John Dos Passos atiende a tantos aspectos de la vida social, política e ideológica de su tiempo que tendríamos que dedicarle numerosos artículos para analizarlos y considerarlos con detalle. Así y todo, vamos a fijarnos en opiniones suyas que creo que interesan en nuestros días de radicalizaciones hispanas, tan ancestrales como persistentes.

Podrá discutírsele a John Dos Passos su modo de ver las cosas del mismo modo como a cualquiera, pero nadie podrá reprocharle actitudes dogmáticas. «Nunca he sido capaz de mantener el mundo claramente dividido entre buenos y malos por mucho tiempo» expresa en sus memorias. Lo dice sobre todo refiriéndose a las gentes con protagonismos en los ámbitos de la acción política o ideológica, gentes que, directa o indirectamente, influyen en miles de personas, las que también poseen complejidades nunca fácilmente simplificables.

El horror extremo al que puede llegar la acción del hombre es algo que John Dos Passos subraya al ofrecernos el lastimoso panorama de la Gran Guerra, de la que fue testigo en primera línea de fuego. «Uno de los espectáculos más tristes eran los caballos que tiraban de los cañones del 75; debido al gas estaban detenidos a lo largo de la carretera, jadeando y ahogándose con los ojos desorbitados y los ollares ensangrentados». Pero peor era tener que presenciar «los grises dedos engarabitados de los muertos, el deprimente aspecto de los cuerpos sucios y mutilados, sus gemidos y sus contracciones en las ambulancias (…). Y en el fondo de todo, la desesperación sin límites de la muerte inevitable, de todas las vidas dislocadas o la absurda necedad de los gobiernos…» O sea, lo permanente: la estupidez, los egoísmos y radicalidad de políticos. Esto es lo que presenta John Dos Passos, que recuerda «especialmente la noche que estuve sacando de una sala de operaciones cubos llenos de brazos, manos y piernas amputadas».

Un desastre absoluto fue la Primera Guerra Mundial, como lo son todas, y con corrupción añadida cuando incluso «los oficiales vendían las provisiones en lugar de mandarlas a las líneas del frente».

«¿Quién podía seguir aferrado a sus opiniones dogmáticas delante de aquellos patéticos residuos de una humanidad despedazada?» se pregunta Dos Passos. Pero lo cierto y lastimoso es que entonces siguieron perorando y actuando los dogmáticos. Como ahora. Y hasta desde perspectivas «científicas», dicen argumentándose a su favor. Y todo ello ante la absorta y escandalizada mirada de las gentes honradas, de las personas excesivamente ‘sensibles’, dirán los que tienen irremediablemente el corazón de piedra.