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El pasado mes de mayo, en segunda ronda, Sadiq Aman Khan fue reelegido alcalde de Londres frente al conservador Shaun Bailey (negro de origen jamaicano). La tercera en discordia, Siân Berry, es una mujer del Partido Verde que no llegó a Londres hasta los 27 años.

Uno de los principales mensajes del ganador, de Sadiq Khan, ha sido la defensa de la diversidad de su ciudad, de que a pesar del ‘Brexit’ los europeos son también londinenses, y de que cualquier confesión, cualquier género, cualquier origen, son también marca London.

Khan, musulmán practicante, ha sabido leer una de las principales batallas de la guerra política de las grandes ciudades europeas: diversidad o exclusión.

En una época en que la paridad ya es una cuestión transversal hasta para aquellos partidos que reniegan de ella, la siguiente conquista social es que los y las representantes políticos sean cada vez más un reflejo no solo ideológico, sino emocional. La gente quiere ver personas cercanas a nuestra realidad dictando nuestro día a día, no a señores o señoras funcionarios provincianos de toda la vida encerrados en su despacho-caparazón aplicando soluciones desde su pequeñísimo cobijo.

En la última revisión del padrón de 2018, la ciudad de Palma tenía un 23 % de población extranjera, diez puntos por encima de la media nacional. En el organigrama del Ayuntamiento, y salvo alguna honrosa excepción, la representatividad de ese cuarto de la población es negligible.

La lectura es que nuestros partidos políticos, y no los palmesanos, se han esforzado poco para integrar a sus conciudadanos y mucho para contentar a cuadros o corrientes dentro de cada organización.

Así como la visión paritaria e igualitaria se ha instalado de manera incontestable en la política (listas cremallera, lenguaje inclusivo, etcétera), la diversidad se ha quedado en un punto muerto que, o los políticos espabilan, o supondrá un peligro electoral real para sus opciones a futuro.

El 9 de junio de 2020, el alcalde Khan propuso una comisión para revisar la diversidad en el ámbito de su ciudad, con el propósito de evaluar la presencia de las comunidades negra, asiática u otras, de la mujer, del colectivo LGTB o de personas con discapacidad, en la realidad municipal de Londres. Una de las principales reivindicaciones del movimiento Black Lives Matters en esa ciudad fue, y sigue siendo, que a pesar de que allí se hablan hasta 300 idiomas diferentes y viven comunidades de todos los rincones del planeta, estatuas, placas conmemorativas y nombres de calle, reflejan mayoritariamente… la Gran Bretaña blanca y victoriana.

No me quiero imaginar qué resultaría de una revisión así en, por ejemplo, el callejero de Palma, donde J afuda Cresques es una saliente de Eusebi Estaba y Abu Yahya , una rotondita mal llamada plaza.

En la presentación de la comisión para promover la diversidad, Sadiq Khan fue rotundo: «Our capital’s diversity is our greatest strength» (La diversidad de nuestra capital es nuestra principal fortaleza).