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Se suele aceptar con resignación que haga frío en febrero, que llueva en abril, que haga una calor del copón en julio o que caigan hojas muertas a mediados de otoño. Si se aceptan estaciones y ciclos, a ver por qué ponemos el grito el cielo, cuando se acercan vacaciones, por el aumento de precio de los billetes de avión, la gasolina, los alquileres o la luz. No se termina de admitir que la avidez de las empresas de servicios se dispara cuando aumenta la demanda, no hay más competencia y las administraciones se muestran incompetentes para atajar la voracidad de unas compañías que pretenden recuperar, deprisa, deprisa, el beneficio perdido en un año de inactividad por la peste. Hombre, alguien con peso y mando en plaza debería decirles, con algo más que buenas palabras, que la crisis ha sido para todos, que muchos trabajadores siguen en los ERTE, que los sueldos de funcionarios y trabajadores no han subido, que los mayores bastante tienen con ajustarse el cinturón porque sus pensiones apenas llegan para la cesta de la compra, imprevistos y gastos fijos.

Pues no, no hay que resignarse a los atropellos de los señores del gas y la electricidad, no hay que conformarse con que navieras y compañías aéreas fijen tarifas especiales para el verano, los puentes de otoño y los viajes sentimentales por Navidad. Si ellas claman para que no suba el salario mínimo y para que el Gobierno no les aumente la fiscalidad, deberán entender que los usuarios exijan que el Gobierno intervenga con firmeza para atajar abusos, agravados aquí porque no hay más donde elegir: o barco o avión.