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Llevamos bastante tiempo, en esta España atormentada y doliente, aguantando, en terminología de Moreno Castillo en su Breve tratado sobre la estupidez humana , dos grandes especies de tontos. Su papel, en la nueva España a construir, no ha sido ni es edificante ni útil al respecto. Se hallan situados en las posiciones más extremas y radicales del espectro social y político. Creo que ha llegado el momento de insistir en su desenmascaramiento. Hoy nos referiremos a una de ellas.

Como es obvio, resulta más gratificante luchar contra una dictadura que trabajar políticamente en democracia. El trabajo en democracia (la extrema izquierda lo ha experimentado en estos años de gobierno social-comunista-separatista) es «anodino, rutinario y poco espectacular, y además con el riesgo permanente de equivocarse, de tener que rectificar y dar la razón al otro» (Ibidem), de estar sometido constantemente a la crítica, de ser objeto de vigilante atención por los medios y la oposición, de tener que someterse al incómodo control parlamentario, de estar expuestos a exhibir a diario la vocación del ridículo, etc. Eso sí, muchos, demasiados, muy felices pues pacen en los verdes prados de la pesebrera pública.

Pues bien, cuando han llegado al poder efectivo, en lugar de trabajar y «enfrentarse a estas perplejidades decidieron que nada había cambiado, que todo ello no era más que franquismo disfrazado y que la lucha continuaba» (Ibidem). ¡Habrá desvergüenza igual! Ni tan siquiera respetan a sus iconos más lúcidos y mediáticos. Pero, ¿qué han acreditado estos mal denominados ‘nuevos progres’, que les otorgue una cierta respetabilidad? Cuando los españoles, sin enarbolar otra bandera que la de un futuro en paz y prosperidad, fuimos capaces de ponernos de acuerdo y votar, muy mayoritariamente, el régimen constitucional del 78 (la transición), estos ignorantes de la historia, y de tantas otras muchas cosas, que nunca vivieron bajo el yugo de la dictadura, hablan todavía de ‘presos políticos, de ‘estado opresor’, de ‘democracia secuestrada’, de ‘transición falsificada’. Si fuese cierta tal situación, habría que preguntarles, dado que ostentan el poder efectivo, qué han hecho ellos para mejorarla. No se aprecia para nada su acción beneficiosa. Al contrario, todo cuanto han tocado ha sido adulterado e instrumentalizado en beneficio propio. Todo cuanto desean cambiar provoca rechazo social, evidencia un insoportable dirigismo totalitario y una intolerante concepción de la vida en libertad. Y, no se te ocurra criticarlos o hacer honor al pluralismo. Serás tachado y excomulgado por ‘facha’ o ‘franquista’. Pensar lo tienen prohibido. Como ya dejó escrito Antonio Machado , «de diez cabezas, nueve/ embisten y una piensa».

Es ahora cuando deberían aparecer con capacidad para cuestionarse a sí mismos. «Se requiere mucho valor para luchar contra una tiranía, pero mucho más se necesita para someter las propias ideas a un severo escrutinio» (Ibidem). Cierto. Lo primero les ha sido imposible pues la situación social y política, que han heredado y en la que han vivido, es la de una democracia, aunque perfectible como todo. Lo segundo tampoco pues es propia de personas inteligentes y ellos tienen más que acreditado que no lo son. Ante la evidencia del desenmascaramiento, operado por ellos mismos, sólo restan dos llamadas a la responsabilidad. La primera, dirigida la Iglesia católica y a los medios de comunicación que se dicen de inspiración cristiana. Nunca he sido partidario de la tradicional adaptación de la Iglesia a la opción política que gobierna en el país respectivo. Me parece una actitud muy arriesgada pues, en el fondo, está más al servicio de la institución religiosa que del Evangelio. Se corre el riesgo de operar una traición al mismo que, en modo alguno, encuentra justificación en el hecho de que la orientación política que gobierna ahora este país sea de extrema izquierda. La segunda, orientada a quienes les apoyan con su voto. Son verdaderos cómplices del desgobierno y del enfrentamiento imperantes.