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El teatro Globe de Londres, que fundara y dirigiera William Shakespeare, ha lanzado un proyecto para depurar de contenidos racistas las obras del célebre escritor quien, al parecer, habría camuflado su mensajes en sutiles vínculos entre belleza y raza blanca. Los especialistas están trabajando en ‘decolonizar’ sus obras que, al parecer, podrían trasmitir desprecio hacia los negros. La tarea ha comenzado por Sueño de una noche de verano y, según los promotores, los trabajos avanzan con éxito.

Hegel y tras él Marx han defendido una supuesta progresión histórica del ser humano que haría que las nuevas generaciones no cometan los errores de las pasadas. A mi entender se equivocaron, como demuestra esta iniciativa: la estupidez, como la energía, no se destruye, sólo se transforma.

¿Por qué pienso que es radicalmente absurdo este trabajo? No sólo porque es profundamente extemporáneo, resultado de aplicar análisis de hoy a momentos históricos pasados, sino porque, además, es intrínsecamente inconducente.

Shakespeare consideraba que la raza blanca era bella. Es decir, para él, otras razas eran menos atractivas estéticamente. ¿Es eso racismo? Podría serlo, pero no necesariamente lo es. Porque en realidad sólo está aplicando sus criterios estéticos personales a dos realidades diferentes: una piel de un color y otra de otro. Olvidemos las pieles y pensemos en dos coches idénticos, de dos colores diferentes: para unos será más atractivo el blanco, para otros el ocre, para otros el azul. Es una cuestión estrictamente subjetiva: gustos.

Gustos que evolucionan con el tiempo y que cambian dependiendo no se sabe bien de qué factores. Siempre que haya realidades diferentes, habrá preferencias. No sólo sobre colores, también sobre tamaños, pesos, diseños, líneas, formas o sonidos. No todos los blancos o los negros nos atraen igual porque no sólo el color cuenta. Quien no siente preferencias, exaspera, con razón. Lo que es diferente provoca diferentes percepciones e intensidad de atracción. O de rechazo. La desaparición de los gustos sólo puede ocurrir si desaparece la diferencia.

Nada de esto, intrínseco al ser humano, tiene que ver con el racismo. ¿Son más atractivas las personas blancas o las negras? ¿Los altos o los bajos? ¿Los indios o mongoles? Es un tema opinable en función de los criterios estéticos inevitables e irrenunciables. Deducir de eso racismo es simplemente estúpido. Y ya mencionar el colonialismo entra en el delirio.

Así llegaremos a que no nos pueda gustar más una cara o cuerpo que otros. Como la atracción o el rechazo son inevitables, esto nos conducirá a autoimponernos el silencio políticamente correcto. Como en Corea del Norte con la política.

Racismo es valorar a las personas a partir de los estereotipos asociados a la raza o a la etnia a la que pertenecen. Es preguntarle a alguien: «¿Eres gitano?» y atribuirle todas las conductas que consideramos que son propias de las personas de esta etnia. Eso es abominable: actuar respecto de alguien en función de lo que pensamos del conjunto.

Claro que hay racismo en la sociedad!, pero no es tan estúpido como considerar que alguien es o no bello. Esto es el resultado de gustos conformados a partir de elementos intrínsecos –equilibrios en el conjunto– o extrínsecos, sociales.

Lo que están haciendo hoy los propietarios del teatro Globe es una forma loca de perseguir la corrección política, de presentarse públicamente como los más puros –¿a quién me recuerdan?– cuando en realidad son absurdos, incapaces de comprender al ser humano.

Estos mismos señores –palabra que incluye a las señoras, como ha ocurrido siempre en nuestra lengua, y por lo tanto carece de toda connotación machista– deberían denunciar cómo su país se quedó con todas las vacunas contra el coronavirus que necesitó para protegerse de la epidemia que nos azota, mientras el resto del mundo, blancos y negros, esperan a que vendan lo que les sobra. Pero es más fácil acusar a Shakespeare de racista, que no puede defenderse, que no a todo su estructura política, incluyendo a la izquierda puritana, de priorizarse ante el resto del mundo. Tiene su lógica, pero no deja de ser una discriminación colosal, contemporánea, evidente, de la cual estos mismos científicos son parte consustancial, mientras critican el colonialismo.

Todo esto no conduce a nada porque no resiste un análisis lógico. Pero no será la primera vez que ideologías absurdas nos hagan sufrir antes de que, tal vez en cien años, terminen recluidas en los libros de historia como otra prueba de que Hegel no tenía razón.