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Pedro Sánchez , con la arrogancia y el desdén que le caracterizan, en alianza con su ignorancia en cuanto atañe a temas de política exterior, ha conseguido en estos dos últimos años, con la inestimable ayuda de la precaria agudeza mental de la ministra del ramo, ayuna de conocimientos diplomáticos y sensibilidad sobre lo que significa Marruecos para España, y la perniciosa influencia de su exvicepresidente, que se haya producido la más grave crisis diplomática con nuestro vecino del sur desde la Marcha Verde de 1975.

Primero, rompió la tradición de visitar en primer lugar al rey de Marruecos, hasta ahora respetada por todos los jefes de Gobierno. Más tarde, dio cobertura a la actitud beligerante de Iglesias respecto al referéndum para el Sáhara. Para rematar la faena, acogió en territorio español de forma clandestina al enemigo público número uno del Reino Alauita.

Resulta paradójico que, mientras Sánchez se pavoneaba explicando al mundo las conclusiones de unos expertos sobre cómo iba a ser España en el 2050, nadie fuera capaz de alertarle sobre cuál iba a ser la reacción de un ofendido Mohamed VI , al día siguiente de enterarse de la acogida de Ghali. Estaban obligados a saber que el Gran Marruecos, puesto en marcha hace cuarenta y seis años, constituye un tema vital para aquel país y su Rey, que ha invertido un fuerte capital político en el reconocimiento de su soberanía sobre el Sáhara. También es crucial en la geoestrategia de los EEUU, que no quieren de ninguna manera que Argelia, vinculada a Rusia, disponga de una salida al Atlántico a través de una República del Sáhara

Fue la respuesta marroquí una acción aviesa, ausente de escrúpulos, dentro de su acostumbrada técnica de desgaste corrosivo usando la espita de la emigración propia y subsahariana. Pero no hubo el menor gesto de firmeza por parte de Sánchez, se escudó en la Unión Europea y, al día siguiente, no se le ocurrió otra cosa que hablarnos de la España de 2050, después pedir el teléfono de Rociíto para decirle que estaba con ella.

Si Rabat se ha atrevido a actuar así es porque percibe a España como un país débil, sumido en un proceso de desintegración territorial, sin peso en el concierto internacional, el único Gobierno de occidente compuesto por una alianza de comunistas y socialistas radicales, aficionados de la política, dividido en una cuestión de Estado como ésta, dirigidos por un ególatra que no merece crédito. Además, Marruecos cuenta con el respaldo del amigo americano, al que compra armas de coste millonario, como los helicópteros Apache, los carros M1 Abrams o los aviones F-16 Viper. Rabat paga la factura de este trato preferente reconociendo a Israel, apoyando a Emiratos Árabes y Arabia Saudí en la guerra del Yemen y ofreciéndose a los EEUU como un aliado fiable en el Norte de África y Oriente Medio. Respecto al Sáhara, ha logrado que más de diez países africanos hayan reconocido la soberanía marroquí sobre el territorio al que llaman sus provincias del Sur, además de Emiratos Árabes, Jordania y EEUU.

La aspiración de Rabat a hacerse con Ceuta y Melilla sigue existiendo, aunque en sus previsiones no entre el conflicto armado. Confían en alcanzar el objetivo con el tiempo y a través de estrategias que correspondan a un conflicto en la zona gris. Si así no fuera, España se encontraría con un episodio de coerción estratégica para el que sus Fuerzas Armadas no están preparadas.

El incidente con el líder del Polisario acogido en un hospital de Logroño, le ha servido a Marruecos como pretexto para probar su capacidad coactiva. Las alas que le ha puesto EEUU con su espaldarazo las intenta aprovechar para consolidar su soberanía sobre el Sáhara. El respaldo de España en este asunto, por ser el Sáhara su antigua colonia, adquiere importancia simbólica y Rabat estaría dispuesto a ceder otras contraprestaciones por conseguirlo.

En estas circunstancias, como no se solucione pronto este entuerto, el favorito del Reino de España, Iván Redondo , que en un gesto bizarro aseguró que se tiraría por un barranco por defender a su jefe, puede que tenga la oportunidad de hacerlo en el Barranco del Lobo, próximo a Melilla, de resonancias trágicas en nuestra historia, donde en 1909, los feroces cabileños emboscaron y dieron muerte a la mitad de una columna de mil soldados españoles.

España debe buscar una solución estable que tenga en cuenta los intereses de ambos países sin obviar la realidad que Marruecos ha creado sobre el territorio, que ya incluye a la gran mayoría de saharauis. Dado que la independencia hoy no tiene viabilidad ni sentido, puesto que el respaldo de los EEUU ha echado por tierra cualquier otro arreglo, España debe ponerse del lado de nuestros vecinos para que la ONU reconozca el actual statu quo con contrapartidas pactadas con los 150.000 saharauis que malviven en Tinduf, ayudándoles para iniciar una vida digna en el que fue el territorio de sus padres. Se debería llegar también a un acuerdo en cuanto a las aguas territoriales de Canarias y conseguir estabilidad en las fronteras de Ceuta y Melilla; continuar con la eficaz colaboración antiterrorista y con los acuerdos sobre pesca y contención de la inmigración ilegal; así como disponer de un espacio portuario de propiedad española en Dajla, de apoyo a nuestros pesqueros en la zona.

Algo habrá que hacer para salir dignamente del atolladero en que el buenismo y la estulticia de nuestro Gobierno nos ha metido.