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No se han fijado ustedes en que existe, en esa sociedad nuestra, tan difícil y competitiva, sumida en la rivalidad de los consumos, muchos ciudadanos que quieren muchas cosas y a la hora de la verdad no saben lo que quieren? Ya hace dos décadas largas que el periodista de Le Figaro Magazine , Jean d’Ormesson nos decía: «¿En qué estado se halla ahora mismo, en el mundo, la democracia, la tolerancia y la paz? ¿Acaso se tambalean estos tres extremos de la convivencia humana?» Pues bien, la cosa va como va. ¿Demasiado mal, aparentemente? ¿Demasiado bien, aparentemente? (¡Ay! Demasiadas apariencias…) Pero la pesadilla prosigue… como si una especie de maldición hubiera caído a la vez sobre un desgraciado país y sobre aquellos que se esfuerzan más bien que mal, y sobre todo más mal que bien, de limitar masacres y salvar las cosas que todavía podrían ser salvadas? Porque ¿hay cosas abominables… que se quedan en una semiindiferencia por parte de todos, como si nosotros no pudiésemos mirar a todas partes y ser de algún modo responsables de tantas centenas de millares de muertos? Y es que muchas veces pensamos que lo malo sucede lejos y aunque se les deplora, se les aísla, se les mira de lado, se les hace un rincón aparte, se les inscribe subrepticiamente en la cuenta de pérdidas y ganancias. Es inocuo después de ver con qué facilidad doscientos, o trescientos, o quizá cuatrocientos mil muertos pueden ser digeridos sin demasiados escrúpulos por una conciencia internacional que se proclama presta a emocionarse a la menor agresión a los derechos humanos que se atrevan a airear los medios... El mundo no cambia y ni siquiera la pandemia que nos azota nos hace vislumbrar que el planeta vaya a experimentar en el futuro más o menos inmediato un cambio en nuestro modo de ser y de actuar, con políticas económicas y sociales más humanitarias que no sigan suponiendo la venta del hombre por el hombre. Si hasta ahora nos vemos obligados a patear las calles llevando una mascarilla para desafiar las impurezas víricas del aire. ¿Seguiremos usando más tarde las caretas invisibles de siempre? No olvidemos que muchos, los más ingenuos, pensábamos que con el cambio de siglo y de milenio llegarían milagros como la desaparición de las dictaduras, el imperio definitivo de los derechos humanos, la dignidad del ciudadano en cuanto a techo seguro, alimento garantizado y trabajo de compensada remuneración.