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No es nada nuevo, cuando la izquierda ve peligrar su éxito en unas elecciones, saca el dóberman a morder. Pero sus programas disponen de poco atractivo para el votante y son, cada vez, menos creíbles. Está convencida de que encarna la libertad, mientras que la derecha es el fortín de fascismo al que hay que excluir. También considera que su violencia es no solo justificable sino necesaria, al producirse en nombre de la libertad, y execrable si proviene de la derecha.

Ahora que el sanchismo se ha mimetizado con Podemos y las encuestas le son adversas, han recurrido a la agitación, a convulsionar las urnas, a reventar la campaña declarando la ‘alarma antifascista’. Pero en España no hay fascismo, se lo llevó por delante la Transición. La derecha, que es la receptora de esa descalificación general que constituye tal epíteto, defiende la Constitución más moderna y democrática de Europa, la unidad de la nación, sus instituciones y no practica la violencia. Los victimarios, impostados hoy en víctimas, son totalitarios, pretenden imponer su doctrina que priva de libertad y arruina las sociedades. Es una izquierda identitaria, que va contra los valores de la Ilustración, que «ha arriado las banderas del progreso, la razón y la universalidad» ( Stéphanie Roza , 1979). ¡Ay Sánchez ¿qué has hecho con aquel PSOE de Felipe? !

Desde la Transición, la violencia política la ha monopolizado la izquierda. Desde El Cojo Manteca hasta los últimos incidentes en Vallecas, pasando por el asesinato de un hombre por llevar los tirantes con los colores de la bandera española. La violencia nacionalista vasca la ha perpetrada ETA y sus ramificaciones, ideológicamente marxistas-leninistas, y la producida en Cataluña, buena parte corresponde a ER, la CUP y CDR, de izquierdas con distintas intensidades. Ha sido desde Podemos desde donde se han promovido, alentado y jaleado los actos violentos callejeros desde su primera existencia, y su lenguaje entre guerrillero de los 60 y guerracivilista ha emponzoñado la convivencia.

Hoy, con la vista nublada por el sectarismo ideológico, se rasgan las vestiduras por unas cartas con balas que, teniéndolas días antes, llegaron, precisamente, el primer día de campaña y el día antes del debate en la SER, donde Iglesias debía montar su sobreactuación en el bochornoso espectáculo de ofendido impostado, exhibiendo un cinismo estomagante. La legión mediática exprimió cuanto pudo el desplante del podemita hasta convertirle poco menos que en una víctima de cualquier manada, repitiendo hasta el hastío los mensajes salidos de la UTE Redondo -Iglesias. Él, que promovió la normalización del insulto, el que levitaba cuando veía un policía pateado en el suelo, el del jarabe democrático, el que se abraza al Otegi de los tiros de verdad, hoy gime por una amenaza a la que no se le hubiera dado la menor importancia si no fuera porque la campaña se lo exigía.

Yolanda Díaz se puso en modo plañidera cuando Reyes Maroto enseñaba la foto ampliada de la navaja y señalaba a Vox como el autor cuando ya se conocía que había sido enviada por un trastornado. Bajeza moral. Marlaska calificó al PP de organización criminal ¡Vaya tipejo! Lastra llamó al voto en legítima defensa y quiso convertirse en la Pasionaria de chupa vaquera con su No pasarán ¡Qué nivel! y Maroto dijo que los demócratas están amenazados de muerte si no se para a Vox. Repulsivo. Redondo vistió a Gabilondo de un intelectual socialdemócrata y, al no resultar, a petición de Iglesias, le ha puesto un mono de miliciano, un fusil en una mano y la otra con el puño en alto. Patético.

Han fomentado el odio, han removido las más bajas pasiones, han carecido del deber de responsabilidad, han intentado romper la cohesión social explotando unas anónimas amenazas, por otra parte tan frecuentes entre las personas notables, que no llegan a materializarse porque son meros desahogos de personas que gestionan de esa manera tan vil sus fobias, con el único objetivo de causar a su víctima algún tipos de desazón.

Es cierto que nuestra democracia está amenazada, como afirman las fuerzas de izquierda en la campaña de las madrileñas, pero no por ese fascismo construido artificialmente para disponer de un enemigo moralmente infamado al que batir. El peligro comenzó cuando Zapatero se instaló en La Moncloa, y se agravó tras el abrazo de Sánchez con Iglesias, el chalaneo con el nacionalismo, y con Otegi incorporado a la dirección del país. Al menos la mitad de españoles están hartos de ser tratados con desprecio por no aceptar sus falsos dogmas.