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Con el trajín de la pandemia, aderezada, además, con las elecciones en Madrid, los rebuznos de Vox, el cansino toma y daca catalán, los interminables paseíllos de los del PP por los juzgados, el bloqueo de la Administración Pública y una buena retahíla de otros condimentos varios, la celebración del nonagésimo aniversario de la Segunda República ha quedado muy descafeinado. Por otro lado, es verdad que con esta lluvia a cántaros que tenemos, el debate entre monarquía o república queda en muy segundo plano.

En muy segundo plano en la opinión publicada, quiere decirse, porque tanto el PSOE como el PP no dejan de trabajar entre bambalinas para enmendalla, sostenella, fijalla, abrillantalla y dalle esplendor, y me refiero a la monarquía, no a la Real Academia de las Letras. Estamos a unos cuantos telediarios de que nos salgan de nuevo con eso de la «monarquía república», oxímoron que para los republicanos de verdad duele más que el pitonazo de un miura con hambre de sangre. Entretanto veremos la discreta reinserción del emérito, el lavado de cara de la Casa Real y el salve, ¡oh gloria!, de la institución monárquica.

Hubo un tiempo en que los conceptos de monarquía y democracia eran antónimos. El sólo hecho de que la jefatura del Estado sea hereditaria y que la persona que lo ostente sea inviolable vulnera el principio más básico de democracia, por no hablar de los valores progresistas y humanos que se dieron en nuestras dos repúblicas y que siguen sin tener eco en una estructura de Estado que fue parida por la Dictadura.