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La situación que se ha producido en los últimos días con la vacuna de AstraZeneca es tal esperpento que ni Valle Inclán lo hubiera imaginado. Primero, afirman por activa y por pasiva que es segura, que no lo pongo en duda; después, insisten desde todos los ámbitos en que las trombosis que han sufrido algunas personas no tienen nada que ver con la vacunación; acto seguido, la Agencia Europea del Medicamento, la EMA, confirma un vínculo entre la vacuna y los casos de trombos, lo que lleva a un nuevo parón de la campaña de forma descoordinada y al estilo de ‘sálvese quien pueda’.

Reuniones, declaraciones de expertos y nuevos cambios en el rango de edad, pasando de un día para otro de 60-65 a 60-69, como si tener un año más o menos te librase de los efectos secundarios, mientras los que recibieron la primera dosis se quedan en el limbo de los justos, sin saber que va a pasar con la segunda. Es todo tan absurdo que a los ciudadanos se nos ha quedado cara de tontos y, lo que es peor, con una desconfianza y un rechazo muy difícil de superar.