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La psicología, esa superstición para ilustrados, nos ha convencido hace tiempo de que cuando alguien se muestra agresivo es porque busca cariño. Si se exhibe como un pavo real, suele ser porque es muy tímido y si ataca, es que se siente víctima. Si por el contrario huye y se esconde, lo normal es que desee ser encontrado y cuando se muestra afable y cortés, por supuesto, se trata de una barrera para mantener a raya al prójimo y que nadie se acerque demasiado. Hay asesinos por misericordia, egoístas generosos y filántropos avarientos. La historia del héroe cobarde que se juega el pellejo para que nadie se entere de su cobardía, como la del suicida por lo mucho que ama la vida, nos la han contado tantas veces que aburre. La literatura y el cine, muy partidarios también de esta superstición psicológica, llevan un siglo explicándonos que nada es lo que parece, sino exactamente lo contrario. Recelaríamos de un canalla que fuera simplemente un canalla o de alguien muy arisco que no ansiara ser amado y no digamos de un sujeto feliz que no fuese en el fondo inmensamente desdichado. Sería inverosímil desde el punto de vista narrativo y también desde el científico usar una máscara (todos lo hacemos) que reprodujese fielmente nuestra cara. Estoy acostumbrado a que cuando bebo agua lo que quiero realmente es whisky. Si sonrío a la gente, es para ahuyentarla y si apago el cigarrillo, significa que quiero fumar. Siempre al revés. Según esta superstición, no sólo nada es lo que parece, sino que hay que entender lo contrario. Mis gustos me disgustan; en cambio, lo que no me gusta me tendría que fascinar. Pues bien, aceptando con sorna que nadie es lo que es, estoy en condiciones de afirmar que tampoco es lo contrario. ¿Por qué iba a serlo? Qué exageración. Se nos ha ido de las manos la psique o mente o alma. Como la superstición tiende a la exactitud geométrica y la simplificación, hemos decidido que si no es esto será lo opuesto. Y no. Nadie es así o asá, pero tampoco lo contrario; flotamos como lentejas de agua. Cuando no soporto una cosa, para nada defiendo la contraria. Lo digo por esa peste de la polarización. Polarizarse no, pero lo contrario tampoco.