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La moción de censura que se suponía contra Pedro Sánchez fue diseñada por el partido ultraderechista Vox con la clara intención de segar la hierba bajo los pies de Pablo Casado. El objetivo relucía sin posibilidad de que nadie se engañara a ese respecto. Se trataba de una operación propagandística para otorgar a Santiago Abascal el aura de líder opositor ante el felón presidente Sánchez -y demás epítetos que por el estilo le dedican los de ese movimiento nacional–, dado que la “derechita cobarde” que a su juicio es el PP no cumplía con el cometido por miedo a molestar la “dictadura progre”. 

El guión resultaba nítido para cualquiera que estuviera lo mínimo avezado, por poco que fuera, en ese tipo de ritos políticos. Y cierto es que en los meses anteriores Casado parecía atado de pies y manos ante los ultras. Entre José María Aznar, Cayetana Álvarez y demás personajes por el estilo, no era capaz de marcar su territorio. En esas circunstancias la presentación de la moción de censura adoptaba la clara forma de un torpedo contra la línea de flotación del liderazgo de Casado. Cualquiera de las opciones de éste ante la moción que, previamente al debate, pudieran imaginar los de Vox -y todos los periodistas y analistas, sin excepción – pasaban porque Abascal obtuviera un importante rédito -aun cuando sólo fuera el de las portadas y oberturas de informativos de radio y televisión – mientras que Casado sólo podría aspirar a salir “vivo” en el mejor de los casos, contando con muchas probabilidades de que fuera al revés. 

Sin embargo, sin que nadie -y menos que nadie Abascal y el resto de la dirigencia neofascista – lo sospechara, Casado optó por un camino insólito: cortar abruptamente con los ultras y reivindicarse como líder del partido centrista que quiere situado con claridad entre el sanchismo y el neofascismo. Nadie había previsto esa jugada. Nadie imaginó que tuviera esas agallas. Hay que reconocérselo. El golpe ha sido audaz, hábil y a efectos de imagen y propaganda ha resultado un diez con matrícula de honor. Nunca en la historia democrática española un líder político había realizado una operación tan delicada con tanto desparpajo. Fue una apuesta de mucho riesgo y la ganó. 

Esto no quiere decir que el PP tenga solucionado nada para su inminente futuro. Los análisis que se han podido leer -en prensa impresa y digital – que dan por hecho que esa intervención parlamentaria es el trampolín que lanza a Casado hacia La Moncloa son un exceso impropio de la mayoría de tales firmas. Nadie gana unas elecciones por un discurso. Si acaso, luego de ganarlas, un discurso suyo previo puede ser señalado -casi siempre con mucha fantasía mediante– como elemento seminal de su éxito y pasar a convertirse en el mítico -y como tal, falso o, como poco, exagerado- paso que le llevó a la victoria. Esto pasa a veces. Pero no hay discurso maravilloso que valga si el que lo lee luego pierde en las urnas. Aun siendo así no cabe duda de que la intervención de Casado en el Parlamento hace añicos la foto famosa de Colón -la derecha junta y revuelta, desde el neofascimo al centro derecha pasando por el riverismo – y que por primera vez desde que asumió la presidencia del PP en 2018 marca con rotundidad su territorio, tanto el ideológico como el político. Que no puede ser otro que el del centroderecha meridiano. Lo cual no contradice que tras unas futuras elecciones generales pueda catapultarse sobre Vox para conseguir el poder, como ya ha hecho en tres regiones. Lo que era absurdo es lo que ha hecho Casado estos dos últimos años, desde que alcanzó la cúspide del PP, como ha sido intentar competir en radicalismo con la ultraderecha. 

Esto, en realidad, más que una torpeza era un suicidio político. Es imposible que un partido de centroderecha con aspiraciones de gobierno pueda rivalizar con otro ultraderechista que todo en él es demagogia,mentiras sin fin, burradas de todo tipo, teorías conspiranoicas, sordidez, caspa ideológica y disimulo para esconder su fascismo reivindicador del franquismo. Si seguía por ese camino estaba abocado al desastre. No quiere decir esto que con su ya famoso discurso Casado haya exorcizado la posibilidad de que Vox le coma espacio y votos. Sin embargo, a veces este tipo de reacción brusca, fuerte, inesperada, desestabilizadora de vicios adquiridos, valiente, desacomplejada y con convicción a despecho de las circunstancias  permite romper la inercia previa que conducía a la hecatombe. Así ha sido. Al menos Casado se ha abierto ante sí un camino que por lleno de peligros e incertidumbres que esté es el que él desea seguir porque cree que es el correcto y no el que otros le imponían antes con la certeza de que así se precipitaría al abismo.