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El mes de julio es sinónimo de ciclismo, y este deporte no se puede entender sin su carrera más mediática, las tres semanas que coronan al mejor vueltómano del mundo. El Tour de Francia entra en su fase decisiva, la que transitará por el horno de los Pirineos rumbo a París, donde el domingo se brindarán honores al maillot amarillo y a los supervivientes de una edición que no ha podido escapar a la ola de calor que azota a Europa. Todo está por decidir y la resaca de unos Alpes que dejaron momentos inolvidables en Galibier o Granon ha servido para reconfirmar la irrupción de una generación que ha devuelto su seña de identidad a este deporte. En una entrega lastrada por la COVID-19 y que brinda una participación balear inédita en 109 ediciones: un mallorquín, Enric Mas; y, por primera vez, un corredor menorquín, Albert Torres.

Pogacar, un campeón en apuros.

El singular fenómeno del ciclismo esloveno ha elevado al grado de leyenda a Tadej Pogacar, que se dejó en los Alpes un liderato defendido al límite por un danés que explotó en 2021 y sueña con llegar de amarillo a los Campos Elíseos: Jonas Vingegaard. Los finales de Foix, pero especialmente las llegadas en alto a Peyragudes y Hautacam pondrán a prueba la capacidad de reacción del doble campeón y la resistencia del aspirante. Pero la lucha va más allá. El tercer peldaño del podio tiene muchos pretendientes y huele a premio gordo. Geraint Thomas se aferra a él, pero de ahí al décimo puesto de Enric Mas, el mejor español en la general, hay margen para que pase de todo.

Los últimos cartuchos.

Con las energías justas, la motivación de la recompensa es la gasolina que mueve a los ciclistas. Un premio que pasa por la victoria final, un hueco en el cajón o un triunfo de etapa. Esa alegría que el ciclismo español no siente desde hace cuatro años y que Mallorca únicamente vivió en el lejano 1956, gracias a Miguel Bover. Arde el Tour, y no solo por el calor.