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Los datos sobre el incremento de las instalaciones de placas solares para el autoconsumo eléctrico son espectaculares. Las subvenciones públicas y la progresiva concienciación ciudadana sobre el cambio climático explican, al menos en parte, la evolución de la demanda. En la misma línea hay que situar los nuevos parques, de grandes dimensiones, que también salpican la geografía mallorquina; es un negocio que tampoco pasa desapercibido para el sector eléctrico. Pero claro, esta eclosión también tiene sus efectos paisajísticos. A medida que avanza la proliferación de placas se hace más evidente el tributo estético y territorial que se paga.

Intervención urgente

Cada vez son más notables las voces que advierten de la necesidad de definir el marco legal en la promoción de las energías renovables, una estrategia que no puede quedar limitada a la subvención indiscriminada de las placas. Parece razonable establecer algún tipo de reglas sobre el cómo y dónde se ubican; e incluso favorecer alternativas con un impacto estético, paisajístico y territorial más limitado, como el aprovechamiento de la energía eólica mediante pequeños molinillos en determinadas zonas. Desde luego, es preferible actuar con antelación antes que lamentar determinados desaguisados, tarea en la que las diferentes administraciones implicadas deben comprometerse con urgencia.

Compatibilizar usos y objetivos

La lucha contra el cambio climático en todos los ámbitos no admite más dilaciones, pero ello no implica aceptar estrategias cuyos efectos pueden acabar siendo irreversibles o con un coste medioambiental superior al que se pretende evitar. Es preciso fomentar las instalaciones fotovoltaicas –que cuentan con ayudas públicas– primando su ubicación en espacios y superficies ya degradadas o con nulo valor estético, por eso hay que acotar los criterios cuanto antes.