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Las largas colas registradas ayer en el vacunódromo de Son Dureta son, sin duda, el efecto más positivo del anuncio de la exigencia del pasaporte COVID en el sector de la restauración. Un sector de la población ha tomado conciencia de que la vacunación es la medida más eficaz contra el virus. El progresivo incremento de casos es el preludio de una nueva ola de contagios, pero la atenuación de los síntomas y la contención de la futura presión hospitalaria pasa, según los estudios científicos, por la inoculación; un proceso al que se incorporan los rezagados y olvidadizos ahora con cierta precipitación.

Alcanzar a toda la población.

La actualización de los protocolos anti COVID ya plantea sin ambages que la campaña de vacunación tiene que alcanzar la práctica totalidad de la población, como lo demuestra el hecho de que ya se está preparando la inoculación de los menores en pocas semanas. Se trata, sin duda, de una carrera contrarreloj de los países para contener las acometidas del virus en sus diferentes variantes. El último reto es frenar la mutación ómicron, muy contagiosa pero menos severa en su afectación. No obstante hay un dato que no debe pasar desapercibido, la acción debe ser global y la realidad en este aspecto es muy distinta; amplísimas áreas del Planeta registran unos índices de vacunación irrelevantes.

Nuevas estrategias.

Del mismo modo que la exigencia del pasaporte COVID ha reactivado la vacunación en Balears, es necesario plantear estrategias en la misma línea en el ámbito estatal –circunstancia que obliga a la unificación de criterios en el ámbito judicial–, pero también en los organismos internacionales. En la Europa central hay una bolsa enorme de población reacia a la vacunación, que se ha convertido en un foco de propagación del virus, un escenario que obliga a arbitrar medidas de protección colectiva de manera urgente. No hacerlo es una temeridad.