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El asesinato machista de una mujer embarazada y su hijo de siete años a manos de su marido en sa Pobla ha consternado e indignado no sólo a los vecinos de la población mallorquina. Toda la sociedad balear y española comparten ambos sentimientos y su incredulidad por un comportamiento que parece imposible erradicar. Los detalles del suceso confirman una premeditación y frialdad por parte del autor confeso de los crímenes que provocan espanto, aunque sea –por desgracia– un patrón de comportamiento ya demasiado conocido. Lo ocurrido obliga a revisar de nuevo posibles fugas en los protocolos de control sobre las personas que viven bajo la amenaza de sus parejas o exparejas.

Protección garantizada.

Warda Ouchene, de 28 años de edad, había vivido con antelación episodios violentos en su tormentosa relación amorosa de Ali Krouch. Sin embargo, al finalizar las medidas de alejamiento es cuando ha estallado la tragedia; el acoso y la violencia continuaron, pero se dejó de pedir ayuda. ¿Las razones? Una pregunta que debe tener respuestas y también soluciones. La dependencia afectiva, y quizá también la económica, prolongó una relación que debería haberse roto. A pesar de los avances realizados para acabar con la violencia machista en nuestro país hay, todavía, puntos ciegos; y uno de los más importantes es la falta de una protección eficaz de las víctimas.

Aportar soluciones.

No es sencillo, pero el asesinato de Warda y su hijo Mohamed no puede acabar convirtiéndose en una cifra estadística, hay que buscar soluciones. Lo ocurrido en sa Pobla se intuía en el círculo más próximo de la pareja, familiares y amigos sabían del peligro potencial que era la relación con Ali, con un carácter violento que se acentuaba por su adicción a las drogas y el alcohol. Una auténtica bomba de relojería que estalló en la madrugada del lunes en sa Pobla. La pregunta de si se podría haber evitado no tiene respuesta.