El arte de abanicarse
Refinado, versátil y seductor, el abanico es un complemento que refresca y realza la belleza, hablamos con la pintora de abanicos Elma Torterolo
«El abanico sigue siendo un regalo muy socorrido, gusta tener más de uno para combinarlo con la ropa», asegura Elma Torterolo. | J. Morey
Hace cientos de años, en China, ya se agitaba el abanico. En aquella sociedad refinada era habitual llevar un pequeño estuche con uno dentro, era signo de distinción, sutileza y personalidad. Y es que este pequeño enser sirve para un roto y un descosido: refresca, protege del sol, realza la belleza y, llegado el caso, puede ocultar nuestra vergüenza. Su origen se remonta al antiguo Egipto -se sabe que en la tumba del faraón Tutankamón depositaron como parte del ajuar dos abanicos con mango de metales preciosos-. No fue hasta el siglo VII que se tuvo constancia de su uso en China, quienes con su énfasis creativo los hicieron plegables, inspirándose en las alas de un murciélago. Catalina de Medici los introdujo en Francia en el siglo XVI; un siglo antes ya aplacaban las calores por estos lares, importados de Oriente por los comerciantes portugueses. Y aunque en las últimas décadas el aire acondicionado les ha arrinconado, su espíritu milenario no iba a dar su brazo a torcer tan fácilmente... y han sabido reinventarse y transformarse en un preciado objeto artístico.
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