Público de todo tipo y edad se acerca al Transilvania para desconectar de su rutina diaria. | Pilar Pellicer

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Frente al televisor, desde la confortable seguridad de nuestro sillón, disfrutamos viendo cómo otros se estremecen de miedo, angustia y congoja, envueltos en situaciones que ponen su vida en jaque.

Reconozcámoslo, lo sobrenatural, fantasmagórico y macabro nos eriza la piel, nos produce un poderoso e inconfesable cosquilleo de placer, por eso nos chifla Halloween. Una época que a muchos les catapulta a las películas de la Hammer, esa mítica productora apodada con justicia ‘la casa de los horrores’, que remitía jugosos y sanguinolentos títulos sobre vampiros, zombies, momias y espectros varios. Esas películas, que de niños veíamos parapetados tras un cojín, explotaban con eficacia nuestros terrores más ocultos. Todo ese universo de recorte fantástico, con guiños al cine de terror ochentero y una cierta atmósfera victoriana lo encontramos en Transilvania Café Museo (Jaume Ferran, 38, Palma).

Ni un millón de palabras bastarían para describir este lugar, y otros ya lo han hecho antes. Pero les aseguro que, una vez franqueas su umbral, accedes a un mundo mágico donde lo real y lo fantástico se dan la mano con siniestra armonía, creando una atmósfera inimitable. No hay otro lugar igual en toda la Isla. Y lo mejor de todo es «que dejas fuera tus problemas», promete Antonio Pérez, director artístico de esta emblemática cafetería museo, en activo desde 2016.     

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Dimensión paralela

Y es que tomar una copa en el Transilvania es como caer en una dimensión paralela, en un cuento de terror gótico repleto de personajes atormentados, dominado por sombras tenebrosas. Casi puede verse la fina columna de humo que, zigzagueante, emerge de las gastadas velas que iluminan el lóbrego cuarto donde H.P. Lovecraft pergeñaba sus alucinógenas historias. Demonios, si estando en un lugar así no desconectas de todo es que estás más muerto que la madre de Bambi.

La música que ameniza tan ténebre morada merece capítulo aparte. De ella se encarga Armando Mancipe, propietario del local, que se ha currado «una selección de música siniestra, aunque también ponemos bandas sonoras de películas de terror». No contentos con meternos el miedo en el cuerpo, Antonio y Armando también se esmeran en una carta breve pero bien seleccionada, de la que se encarga el primero, quien, a su vez, es el padre de todas las criaturas que no nos quitan ojo mientras tomamos algo. En su creación cuenta con la inestimable colaboración de Armando, que es protésico dental y entiende de resinas, siliconas y silicatos. Decir que son fieles recreaciones de icónicos personajes como Reagan –la niña de El Exorcista–, Frankenstein, Freddy Krueger o la muñeca Annabelle es, créanme, quedarse corto. Muy corto. La obra de Antonio es, sencillamente, sublime. No es de extrañar que le lluevan las ofertas, Hollywood incluido. Unos cantos de sirena que este tipo autodidacta y culto, crítico con la clase política y con la cabeza bien amueblada, ha rechazado porque «lo que nos mueve es ser felices».   

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Antonio Pérez y Armando Mancipe de Transilvania Café Museo.

Si aún no ha pisado este local recomendado por la guía Repsol, hágase un favor y déjese caer para admirar su escalofriante colección de personajes –de la que no se desprenderá ni en el urinario– y para departir amistosamente con sus singulares y genuinos propietarios. A los que aún les queda tiempo para protagonizar su propia sitcom: Sombras rosas, una bizarra delicia disponible en Youtube.