Vista general de la sala de reuniones de la sede europea de Naciones Unidas (ONU) bajo la cúpula creada por el artista mallorquín Miquel Barceló con motivo del 60 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. | Efe

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Hace 71 años, con los ecos de los cañones de la Segunda Guerra Mundial todavía resonando en las consciencias de medio mundo, la Organización de Naciones Unidas (ONU) aprobó en París la Declaración Universal de los Derechos Humanos en base a unos criterios de libertad, igualdad, justicia y dignidad.

Por eso, cada 10 de diciembre se conmemora, a nivel mundial, el Día Internacional de los Derechos Humanos, una efeméride por la cual numerosas personas y organismos de toda índole y alcance recuerdan y reivindican como más vigente y necesaria que nunca esa Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Se trata de una declaración marco que pretende sentar las bases de la paz internacional e inspirar el desarrollo de todo el ordenamiento jurídico de los estados firmantes, aunque el trabajo ingente para pasar las palabras del puro deseo ideal a hechos palpables y constatables en el día a día sea algo mucho más complicado que simplemente exponerlo desde un púlpito.

Basta echar un vistazo al Artículo 1 de la Declaración: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros». O el 25: «Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios».

Aunque lamentablemente abunden las vulneraciones también abundan los que luchan porque esa declaración universal no se quede en papel mojado. Hoy este día va por ellos.