Cientos de personas se dieron cita ayer en Pollença. | Elena Ballestero

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«Después de 25 años de vida plena de éxitos la Fira y la Fira d'Artesania comienzan a dar señales de alarma, crisis económica, competencia, pérdida de originalidad, estancamiento, caída de visitantes...». La frase lucía ayer impresa sobre una caja de embalaje, bajo la etiqueta de frágil en el Claustre de Sant Domingo de Pollença.

Las cajas forman parte de la imagen institucional de la Fira 2012, todo un ejemplo de autocrítica. Escrita sobre grandes cajas de embalaje la reflexión sobre estos 20 años de feria se hace imprescindible. El símbolo muy comentado ayer en Pollença no hace sino «empaquetar» un modelo agotado con la idea de «reinventarlo» en 2013, explicó el alcalde, Bartomeu Cifre (PP).

En estos tiempos de crisis convencer a las empresas para invertir en la zona de exposición no es tarea fácil y así el claustro, antaño convertido en jardín de ensueño con mármoles imposibles, era ayer apenas un desierto donde solo la artesanía más pura sobrevive y lo hace gracias a su sobrada calidad.

En la calle, a pesar de que a media mañana eran ya cientos las personas que paseaban por Pollença, las quejas por el descenso de público respecto a ediciones pasadas eran constantes y lo peor, no solo se producen en Pollença. Los comerciantes de Inca lo han vivido en sus carnes en las tres ferias previas al Dijous Bo y los empresarios de las atracciones infantiles arrastran la caída de la demanda de pueblo en pueblo por toda la Part Forana, los ánimos están de capa caída, también en Pollença.