Sant Sebastià 2025

Palma vive una Revetla sin lluvia pero con pocos alicientes mediáticos

50.000 personas sellan la maratón musical de Sant Sebastià en una noche de decibelios, foguerons y fiesta

Gran afluencia de público en todas las plazas. Imagen de la plaza Mayor. | J. Morey

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Los antiguos griegos usaban dos palabras fascinantes: eu-topos, que significa el lugar ideal; y u-topos, el lugar que no puede ser. Un término algo abstracto que conocemos como utopía. Un lugar imposible. Esta expresión bien podría resumir la incapacidad del consistorio para armar un cartel de Revetlas atractivo -que no es lo mismo que digno-. Un cartel que concite el aplauso generalizado, aun siendo consciente de que es imposible complacer a todos (de nuevo, una utopía). Pero como decía Makinavaja, con esa mezcla de desencanto y astucia callejera que le caracterizaba: ‘Es lo que hay’. En fin, Palma volvió a reunirse bajo un cielo menos enfurruñado que de costumbre para honrar a su patrón, Sant Sebastià, ese occitano que se debatía entre su vocación militar y su fe religiosa, y que ya podría haber nacido en verano, ¿no creen? Con el botifarró aun deslizándose por la laringe, daba inicio la maratón de conciertos repartidos en cuatro escenarios. El pop, el rock, la canción de autor y los ritmos urbanos prendían la mecha de una Revetla con pocos alicientes mediáticos que reunió a 50.000 palmesanos.

Plaça d’Espanya

Victoria Lerma descorchó las actuaciones a las 20.30, la mallorquina es de esas artistas que, sin más padrino que unas cuantas canciones de su puño y letra, logró hacerse un hueco en la exigente escena del café-teatro madrileña. Ante un aforo creciente desparramó su sensibilidad romántica, un argumento tan redundante como inagotable con el que arma versos de pasión y desengaño, de esos que nos retratan a todos. La relevó Suasi, un artista que si me lo permiten posee una cierta conexión con Bruce Springsteen y Tom Petty, sin ser tan épico, mediático ni rotundo como ellos, claro. Sus canciones tampoco se envuelven en el perfeccionismo legendario del Boss y compañía, pero suenan con una personalidad y embrujo propios. El ex Fora de Sembrat recurrió a un setlist con músculo y vitamina, repleto de estribillos pegadizos que agitaron a una Plaça d'Espanya 'in crescendo' anímico.

Alguien ondea una bandera, teléfonos en lo más alto... y un flaco de peinado indomable hace su entrada a escena. Joan Dausà causó una sensación positiva en una plaza en la que fue el único artista foráneo. Tras Suasi, el catalán impuso un registro más atemperado, más intimista, que fue cobrando fuerza progresivamente. Sus canciones carecen de los aditivos tras los que otros ocultan el vacío de su propuesta, y su lírica es sincera y profunda, sostenida por una banda que sonó como la 'filarmónica de Flick' haciendo las delicias de los numerosos fans apostados en primeras filas. Ya era lunes cuando Luis Alberto Segura y compañía (L.A.) tomaron el escenario. Más que un artista, el mallorquín es una factoría de canciones de reluciente armadura, forjadas en la terca fidelidad a un rock orgánico de pegada melódica que nunca se ha cerrado a la experimentación. De ahí su capacidad para sorprendernos. Sobre el escenario demostró una vez más que sus letras, entre estoicas y emotivas, son una inyección de vitalidad frente al derrotismo. Contra el destino debe usarse esa perseverancia. El rock, si lo piensan, va de eso.

Plaça de Cort

Maria Hein ha revitalizado con solo un par de álbumes un mercado discográfico mortecino. Y lo ha hecho desde la humildad y el esfuerzo, sin pegarle codazos a nadie y cantando con una hermosura inusual, por mucho que recurra a una poesía sentimental algo predecible. Ah, el amor, monocultivo de la noche en cada uno de los escenarios. La mayoría de artistas se deslizó por sus reviradas curvas, y Hein no escapó al cliché, sus canciones son una oda a esa fase del amor en la que todo es volcánico, aunque a su joven edad sabe que hasta los volcanes más activos no erupcionan eternamente.

Sant Sebastià 2025
Maria Hein.

La reemplazó Anglada-Cerezuela, un dúo que desprende química y se entiende con la mirada, ese feeling se traslada a sus canciones, que en directo suenan más robustas y apasionadas. Su fórmula es la de la canción melódica, los medios tiempos y las baladas, en esas lides Jaume está sobradamente acreditado. Pero echo de menos su reverso más salvaje, cuando proclamaba con la vehemencia urgente del rock que 'la salida de emergencia es la puerta del cabaret'. Con todo, hay que reconocer que forma un buen tándem con Carolina Cerezuela, cantando esas letras que, aunque aparentemente naïfs, son auténticas cargas de profundidad que escudriñan las diferentes etapas de la vida, recordando aquellos tiempos en los que todo parecía estar en el mundo para ser devorado con espíritu acelerado y juvenil, como esa version de Culture Club (Karma chameleon) que se marcaron.

Carolina Cerezuela y Jaume Anglada.

Pasada la medianoche, Xanguito cerraba el escenario de Cort. Nada mejor que esta banda de saltimbanquis para subir una marcha el biorritmo del público. Su fusión entusiasta, de lírica despreocupada, sabor ligero y fondo bailón, sonó tan descarada y jovial como verbenera. La tralla que escupían los altavoces espoleaba a la multitud, dispuesta a plantar cara al frío con baile, cerveza y buenas vibraciones -y algún que otro cigarrillo aliñado, ya saben-; el mar de cabezas que se abría frente al escenario parecía haber entrado definitivamente en calor.

Xanguito, en plena actuación.
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Plaça Joan Carles I

Ana Guerra no ha dejado de acrecentar su éxito en las listas, así que a nadie sorprendió la cálida acogida que le dispensó el público. Pero nada de lo acontecido merece una reseña de tiros largos. Aunque es una triunfadora incuestionable, no aporta un solo ingrediente artístico sobresaliente, ni siquiera diferencial. Su innegable encanto y buenas intenciones, sumados a la complicidad del público, que no dejó de arengarla, no deberían bastar. Todo en ella, como en tantos artistas de su ramo, suena estandarizado, fotocopiado hasta la saciedad, con o sin auto tune. Su estilo urbano, híbrido, ligero y dominador de la radio fórmula, no debería resignarse a una sucesión de sonidos clónicos. Por no hablar de esas letras monotemáticas que dejan a Georgie Dann a la altura de Leonard Cohen.

Sant Sebastià 2025
Ana Guerra actuó en la plaça Joan Carles I.

Le siguió Marlon. En realidad, el panorama no se enderezaba demasiado, así que me fui a inspeccionar otras plazas. Abarcar cuatro escenarios simultáneos no es sencillo.

Marc Seguí, sobre el escenario.

A mi regreso Marc Seguí tomaba el escenario. Sería tan torpe como reduccionista catalogarle como un mero fenómeno juvenil. Perdurará, a poco que le acompañen la inspiración y la coherencia. Lo sabe cualquiera con un mínimo de intuición. Lo sabe hasta su legión de seguidores, chavales que un día deberán tomar decisiones más trascendentales que elegir una foto para su perfil de WhattsApp, y que hoy se descubren reflejados en unos estribillos que parecen escritos expresamente para ellos. Y eso que, pese a su insultante juventud, el mallorquín ha logrado engatusar a una audiencia amplísima, mucho más allá del previsible nicho pipiolo de suspiro fácil. Con él sobre el escenario ya nadie miró hacia arriba, donde un cielo apaciguado, olvidado como un amante de juventud, no presagiaba tormenta. Para variar. Seguí fue el anticiclón de la noche, el artista que con su música inoculó el insomnio al palmesano. Se hace difícil encontrarle un flanco débil a su espectáculo, al que solo le faltó un sonido menos embarullado en su arranque.

Plaça Major

En pleno corazón de Ciutat, Tomeu Penya combinó su retranca costumbrista, su sencillez y ese peculiar sentido de la melodía que tan buen rédito le ha dado. Fueron sus armas, los faros que guiaron en la noche al público a través de un cancionero de profundo acervo local, arropado por una correcta banda de acompañamiento. No son los Rolling Stones, pero sin esa pandilla de venerables 'actores secundarios' el viejo zorro de Vilafranca estaría más solo Napoleón en la Isla de Elba. Su country rock cercano y sin florituras congratuló a sus fans, que no eran pocos. Todos ellos unidos por un común denominador: la ausencia de prejuicios acerca de lo que 'mola' y no 'mola'. Esas mandangas les traen, literalmente, al pairo. Y lo celebro. La alegría jamás debería ser juzgada por su grado de sofisticación.

Sant Sebastià 2025
Tomeu Penya, un éxito asegurado.

Negre se subió al escenario a la misma hora que, hace apenas una semana, un servidor aun celebraba el golpe de justicia poética asestado al Real Madrid. La irrupción de este trío depositario de las esencias de Antònia Font es una gran noticia para la escena balear. Su música, rica en energía y matices, se sitúa al frente de unos textos que no provocan indiferencia, aunque van claramente a remolque del ritmo. Reunieron a curiosos y fans de entre veinte a cuarenta y tantos años, seducidos por melodías tan bailables como melancólicas, que dibujan un hedonismo de lentejuelas con envoltorio electrónico reflejado en el Manchester tardío de New Order. Y es que, ambos proponen el mismo sonido juguetón, creativo e inmaculado que, en el umbral de los ‘90, nos hizo soñar con un mundo idílico de contornos fantasiosos. Una sociedad perfecta en un mundo a todas luces imperfecto… de nuevo una utopía.

Y ‘eso es todo, amigos’, como decía aquel simpático cerdito animado. La Plaça Major bajaba el telón en una noche -alabado sea Dios- sin lluvia ni tormentas, aunque sí húmeda y fría. Una noche -ya madrugada- que pedía cama, con acompañante a ser posible.