Un vendedor de ‘souvenirs’ en la calle Joan Miró. | JOSEP PLANAS I MONTANYÀ

El Terreno visto con los ojos fragmentados del pasado. Así es como Eduard Moyà y Pere Lacomba presentan este barrio en el proyecto A rose is a rose, que ganó la residencia visual bajo el auspicio del Arxiu Planas y la Fundació Camper. Este viernes se da a conocer en Casa Planas este trabajo que bucea en el archivo fotográfico de Josep Planas i Montanyà y en la memoria de los vecinos. «Hemos estado tres meses catalogando, seleccionando y limpiando imágenes. Y luego hemos buscado un relato común, tal y como recordaban los vecinos de El Terreno», explican Lacomba, diseñador gráfico encargado de la parte visual del trabajo, y Moyà, profesor de la UIB, que ha llevado a cabo la investigación oral.

Tanto Moyà como Lacomba reconstruyen la memoria visual y narrativa del barrio, una reconstrucción del entramado de El Terreno y donde sus vecinos más veteranos han recodado historias de entonces. Pedazo a pedazo, A rose is rose (título escogido que reproduce un verso de Gertrude Stein, que vivió en el barrio), va recomponiendo la memoria. Can Barbarà, por ejemplo, pasó de ser «uno de los destinos más populares de los palmesanos en verano», como explica J.R. vecino de la zona, a acumular hasta 30 hostales. Es el precedente de la actual Platja de Palma. Toni C. recuerda cómo los marines americanos bebían vino aguado o Gerard M. advierte que Gomila no solo era un rincón para la fiesta, era una zona donde se mezclaban los oficios tradicionales con la presencia de personajes imponentes como Errol Flynn. La piscina de s’Aigo Dolça perdura en la historia de los vecinos, uno de los primeros balnearios de Palma, y se analiza el paso de paraíso en los años veinte hasta acoger «el ruido estridente de Plaça Gomila».

Sede de Casa Planas ubicada en la Plaça Gomila, en 1947.

La pensión La Torre, en un edificio de estilo modernista.

El Terreno presume de ser una de las atalayas desde la que se observa el puerto de Palma y aún quedan los que recuerdan el tranvía eléctrico, en el que viajaban los palmesanos burgueses que disfrutaban de «su villa de verano para tomar baños de sol y mar». El estudio menciona a Bel Rolet, hija de los propietarios del horno Ca’n Rollet, en la calleJoan Miró, pasajera privilegiada de este transporte. En los 60, Josep Planas i Montanyà impone la memoria visual de El Terreno con sus postales turísticas, estampas saturadas de color que muestran a mujeres en bikini. Como dicen Lacomba y Moyà, esa imagen colorida y efervescente «contrasta con la España gris del franquismo. El Terreno fue la puerta de entrada del turismo», un soplo de aire fresco en un país ahogado por la dictadura. Hoteles, sol y piscinas muestran la cara más apetecible de la Isla, con estandartes como la pensión La Torre, el hotel Villa río, el hotel California o el hostal Sayonara.

Entrada de la sala Tito’s en la década de los 60.

Mujeres en el hotel Mediterráneo, en una fotografía de 1968.

Las suecas

Las noches de la mítica discoteca Barbarela, donde actuó B.B. King, The Animals o Joan Manuel Serra, o las de Tito’s Club, con hombres de smoking y mujeres con vestidos de noche, se mezclan con los picadores, en busca de una extranjera para engrosar su currículum amatorio. Los terreneros convivían con los intelectuales atraídos por el espíritu cosmopolita del barrio. Errol Flynn campaba a sus anchas por sus calles y la sueca, un ser exhuberante y rubio, irrumpía en los sueños húmedos que mostraban que otra España era posible.