La calle de Can Savella, en el barrio de Canamunt, quizá una de las vías más bellas y pintorescas de Palma | Jaume Morey

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Los vecinos de Canamunt se asemejan a la aldea de Asterix y Obelix en la Galia. En el cómic creado por Albert Uderzo y René Goscinny el enemigo a batir eran los romanos invasores, en el caso de esta barriada del casco antiguo de Palma, la gentrificación provocada por el turismo de lujo y los nuevos residentes que adquieren viviendas para alquilar y veranear unos meses, unas semanas o tan solo unos días. El vecindario lleva años denunciando la situación e intentando evitar que el casc antic se termine convirtiendo en un parque temático para turistas de paso. ¿Lo conseguirán?

Para muestra, un botón. Como recuerda Carme Verdaguer, vecina y miembro de la asociación de vecinos Canamunt-Ciutat antiga, «este verano estábamos colgando decoración en la plaza de Quadrado con motivo de las fiestas del barrio, y salió un vecino extranjero de una finca gritando que las guirnaldas eran horribles, que quiénes éramos y por qué lo hacíamos», recuerda Verdaguer. «Le explicamos por qué lo hacíamos. Y ese momento nos dimos cuenta de que no tenía ni idea de que existía una asociación vecinal, qué se celebraba, ni por supuesto hablaba el idioma ni tenía interés en integrarse. Ese es nuestro día a día, esa es nuestra lucha, evitar que cada vez haya más residentes que viven de espaldas a la barriada», apuntilla.

Un poco de historia

Orgulloso, pero sobre todo diferente. Estos son los adjetivos que más suenan cuando uno habla con los vecinos de Canamunt. Un barrio marcado a fuego por su pasado, sus calles minúsculas, su trazado sinuoso y laberíntico y el Plan Mirall, que a finales de los 90 cambió su destino y lo unió al de sa Gerreria. Entre los 80 y los 90 se los conoció bajo el mismo nombre: el Barrio Chino. Aunque fueran zonas diferentes, al igual que sus problemáticas, parecían ir de la mano a la fuerza. Eso sí, curiosamente, siempre fue un territorio donde las fronteras sociales eran difusas. En el pasado convivían casi puerta con puerta algunas de las familias más pudientes de Palma, con la clase media y la más humilde.

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Carme Verdaguer y Belén Álvarez, miembros de la asociación de vecinos Canamunt-Ciutat antiga, viendo las ofertas de una inmobiliaria de la zona.

«Canamunt es un barrio de contrastes. Te encuentras de frente con una cola cada vez más grande de gente recogiendo su bolsa de comida en el comedor social de Zaqueo, y justo al lado, un hotel de lujo para turistas. Llama la atención», señala Jordi Bayona, otro miembro de la entidad vecinal. Mientras que la presidenta de la asociación, Belén Álvarez, agrega que los residentes conviven con edificios cerrados desde hace décadas que pasan, lenta pero inexorablemente, a ser viviendas vacacionales, o de lujo, «al 'módico' precio de dos millones de euros, como ya ocurre en la Plaza del Mercadal».

La degradación del barrio sería lenta, pero brutal. Los primeros yonkis comenzaron a aparecer a finales de los 70 y a mediados de los 80 el mismo Consistorio palmesano llegó a subvencionar las rejas en muchos patios de casals mallorquines, después de que los propietarios los cerraran con portones de madera para evitar el consumo de droga en su interior. «Los primeros policías locales de Palma que patrullaban con pistola por Ciutat fueron los asignados a este barrio», recuerdan los residentes más antiguos.

La situación ha cambiado radicalmente. Foco hipster, atracción para inversores extranjeros y precios desorbitados mandan hoy en día en la zona. Y la entidad vecinal lamenta que la mayor parte de los pisos que se venden o alquilan están ocupados una semana o un mes por turistas, o como segundas residencias, en el mejor de los casos. Según afirman, esto solo lleva a la pérdida de tejido vecinal, de la vida de barrio; quizá el gran temor de los residentes. Por no hablar de los locales de restauración, cierra uno, pero abre otro, o si no se reconvierten en establecimientos dirigidos a turistas.

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La centenaria Mimbrería Vidal, quizá uno de los negocios más fotografiados de Palma.

¿Cuántas heladerías hace falta en el casco antiguo de Palma?, se preguntan los vecinos, mientras que las tiendas de toda la vida echan el cierre, languidecen y, las menos, sobreviven contra viento y marea, como la centenaria Mimbrería Vidal. Todo un clásico del barrio y de la capital palmesana.

El problema crónico del tráfico y el parking

El tráfico y el aparcamiento siempre han sido un problema en el casc antic, y se agrava cuanto más tiempo pasa. Lo apunta Jordi Bayona: «Estamos en zona ACIRE y con calles supuestamente pacificadas, pero los coches circulan por la calle de la Cordería a la velocidad que quieren. Tenemos una autopista aquí mismo. Y nadie dice nada. ¿Tú has visto un policía por aquí? Nosotros tampoco». Y sobre el aparcamiento, recuerdan que desde que la plaza de Quadrado es peatonal, Cort solo ha ofertado 60 plazas en un parking municipal a un coste de 65 euros, y se agotaron el mismo día.

En este sentido, hacen hincapié en esta conocida plaza, rodeada de pilones. «En este barrio nació el 'movimiento pilonista'. Si uno echa un vistazo a las calles, estos elementos del mobiliario urbano están por todas partes. Así que nos dedicamos a adornarlos. Quizá volvamos a hacerlo muy pronto», señala con sorna Carme verdaguer. «No queremos que este espacio público se convierta una vez más en un espacio comercializado, una oportunidad para las terrazas. El nuevo PGOU de Palma incluye que no puede haber más de tres establecimientos de restauración en 100 metros, pero en este barrio lo duplicamos. Ya tenemos problemas con el ruido, no queremos más. Parece una tomadura de pelo», lamentan los miembros de la entidad vecinal.

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Carme Verdaguer, Belén Álvarez y Jordi Bayona, miembros de Canamunt-Ciutat Antiga

La entidad vecinal trabaja para mejorar la barriada por la vía de la transformación. Así, han colocado motu proprio varios huertos urbanos en la Plaza Quadrado. Sin olvidar su particular 'Sputnik', una columna autofabricada en la que pretendían mostrar las actividades que realiza la asociación. Duró un día: «Los trabajadores de Emaya pensaron que era basura, y se la llevaron», dice Belén Álvarez. Y también han apostado por la solidaridad; colaboran con el comedor Zaqueo, el Banco de alimentos y apoyan a vecinos con problemas económicos o en riesgo de exclusión social. Curiosamente, trabajar al margen del ayuntamiento se ha convertido en la única salida para muchas entidades. Tomen nota.

El apunte
Urko Urbieta

El caso de Can Serra

Urko Urbieta
Canamunt
Can Serra, al fondo, con el cartel 'Sous uns cutres' colgando.

El cartel colgado por la asociación de vecinos en el vetusto edificio de Can Serra, entre la calle sa Gerreria y la Plaza Quadrado, es claro: 'Sou uns cutres'. Esta joya olvidada, catalogada como Bien de Interés Cultural, es el resultado de la 'fusión' de tres edificios de épocas diferentes: la casa principal, de finales del XIII o principios del XIV, y las otras dos son del XIX. Aunque el edificio fue adquirido por el Govern en 2003 con dinero de la ecotasa, y dos años después pasó a manos del Ayuntamiento de Palma, esta joya medieval olvidada duerme el sueño de los justos, y se degrada día a día.

En 2010 se encargó el proyecto de rehabilitación con la intención de dar uso al conjunto de edificios (la casa gótica y los inmuebles anexos), en el que se planteó la posibilidad de que hubiera un museo. Pero el proyecto no fructificó. Ahora, once años después, los presupuestos de 2022 del Consistorio palmesano incluirán una partida destinada a los estudios previos para la rehabilitación de este inmueble, del que todavía no se ha decidido cuál será su futuro uso.