Los ‘urban sketchers’ se revelan como una tribu que pulula por Ciutat ilustrando los rincones más insospechados, convertidos en testigos del siglo XXI. | Feliu Renom

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Plasman la Palma de hoy en sus cuadernos y son testigos de la transformación urbana. Con sus trazos inmortalizan calles, edificios, árboles y cafeterías de Ciutat de un modo reposado. Ellos son una tribu, los urban sketchers de Mallorca, una versión slow de esos instagramers que con las cámaras de los móviles, inmortalizan de manera instantánea y compulsiva todos los rincones de Mallorca. Sin embargo, los urban sketchers son la versión tranquila y artesana: ilustradores y dibujantes, algunos de ellos solo aficionados, que se alejan de los clichés y los filtros impostados. Se les ve en parques o ante edificios singulares. Suelen ser avistados en pequeños grupos de hasta 25 dibujantes, pero también los hay que se enfrentan en soledad al papel en blanco.

El impulsor de todo este movimiento fue el periodista catalán Gabriel Campanario, que en 2006 propuso a The Seattle Times acompañar sus reportajes con ilustraciones de los lugares que había visitado. Nacía así el urban sketcher y pronto se creó una red con 30 corresponsales en todo el mundo.

En Mallorca empezaron a implantarse en 2010 y a día de hoy cuentan con 158 integrantes de un grupo de Facebook administrado por Feliu Renom, Catalina Rigo y Liliana Boffi. Son cronistas de su tiempo y dibujan escenas del Contesporles, el Año Nuevo Chino de Pere Garau, los últimos momentos del bar Cristal o las vistas privilegiadas desde las terrazas de la Seu. «Dibujamos desde 2012 y hacemos salidas en grupo. También tenemos un hueco en el Còmic Nostrum como una facción diferenciada de ilustradores y dibujantes respecto a los comiqueros», dice Renom.

Aunque lo parezca, no es una moda de nuevo cuño. Entre sus precedentes históricos están los vedutistas venecianos del siglo XVIII o los cuadernos de viaje del paisajista inglés Turner del siglo XIX. Siguieron la estela los plenairistas franceses hasta principios del siglo XX, cuyo nombre deriva de plein air (a su aire), que abogan por salir del estudio y trasladar al aire libre sus caballetes y material de trabajo. En Mallorca, uno de los ‘proto urban sketchers’ fue Erwin Hubert, secretario del Arxiduc Lluís Salvador, que se encargó de plasmar los paisajes mallorquines de principios del siglo XX. De hecho, sus ilustraciones se vendían como postales.

Los urban sketchers suelen ser viajeros y en su maleta siempre llevan lápices y cuaderno. También inmortalizan su hábitat natural. Si hubo un pionero de este movimiento en Mallorca fue Tià Zanoguera, que ya en 2010 fue el primer inscrito, al que le siguió enseguida Feliu Renom.

En noviembre de 2017 se constituyeron oficialmente como delegación mallorquina de la organización mundial Urban Sketchers, que contabiliza 8.000 dibujantes. Tià Zanoguera señala que «buscamos situaciones reales, no posados». Sus cuadernos de viaje están repletos de ilustraciones mezcladas con tickets de museos, anotaciones y listas de la compra… Como cada sketcher , tiene un trazo propio. Se confiesa retratista y siente debilidad por dibujar dentro de bares y cafeterías, repletas de gente. «Me gusta pintar con diferentes tipos de boli, incluso gastados, paisajes urbanos, cafeterías, bares... Antes de urban sketchers yo ya pintaba así».

Hace diez años escaneaba las ilustraciones de sus viajes como mochilero y las subía a una página de Flickr. Ahora el móvil ha simplificado la tarea y en un momento las sube a las redes sociales para compartir.

Licenciado en Bellas Artes, Zanoguera hizo el curso de doctorado en la Universidad de Barcelona. «Cuando me voy de viaje a una ciudad hago una búsqueda de urban sketchers en las redes sociales para conocer la visión personal de cada dibujante del lugar. Están las fotos típicas del Big Ben pero también hay dibujos de un pub que también me sirven de recomendación».

Zanoguera advierte que «a través del dibujo se plasman aquellas perspectivas que en fotos se han vuelto demasiado manidas. El dibujo o la pintura es mucho más que una foto: el ojo capta lo que le da la gana. Con la foto enfocas y desenfocas, pero el dibujante suprime lo que le interesa y hace un photoshop mental». Zanoguera advierte que Tiépolo ya era un urban sketcher del siglo XVIII, «un pintor muy moderno para la época», y en sus cuadernos muestra sus paseos por el mercado, la manera de vestir de la época. «Se trata de una obra de preparación, no es una obra menor. La mayoría de artistas catalanes que vinieron por Mallorca a finales del siglo XIX y principios del XX también recorrían Mallorca con sus cuadernos», dice.

Otra de las características de este movimiento es que las obras «están hechas al momento. Yo hago dibujos en diez minutos cuando he ido a un concierto. Con boli, de trazo libre y muy enmarañado, mostrando el movimiento del músico».

Como bien dice Zanoguera, cada uno tiene su estilo y cuenta con su propio sello de la casa. Aquellos que tienen formación en arquitectura suelen reflejar a la perfección los edificios y los hay que tienen fijación por los coches o las personas que viajan en el bus o en el metro.

Trazar el barrio

Feliu Renom es un médico jubilado que ya desde pequeño tenía afición por el dibujo. «Es un estímulo para dibujar pertenecer a Urban Sketchers. Es un dibujo casual, mientras estás viajando, y lo compartes con gente». Desde 2010 se ha dedicado a dibujar su barrio, El Terreno, que al final se ha convertido en un libro.

«Luego surgen variantes, dibujar por placer, para compartir y para hacer talleres», añade. La suya es una mirada más tranquila sobre la ciudad. «Viajar como urban sketcher es diferente. Descubres rincones, los memorizas, te llevas un recuerdo, estudias detalles pequeños para llevarlos al papel», explica.

Son cronistas de su tiempo y en el caso de Renom, de su barrio, ya que se dedica a dibujar las casas protegidas de El Terreno. «No se exige ser brillante, todo se hace por
placer. No es un oficio ni un medio de vida. Simplemente se comparte. Compartimos ideas y el material que empleamos, nos enseñamos los unos a los otros», dice Renom.

También ha ilustrado un libro para colorear, Pinta Palma com tu vulguis, donde propone que cada uno coloree como desee, con ese espíritu libre que imbuye la esencia de los Urban Sketchers.

Catalina Rigo es otra de los miembros de Urban Sketchers Mallorca. El auge de esta modalidad frente a las monótonas fotos con filtros tiene una explicación, según ella. «Se
ha abusado de programas como el Photoshop o el Illustrator y ahora se vuelve a la ilustración manual».

Rigo reconoce que la ilustración era considerada un arte menor, pero está cobrando su importancia. De hecho, los urban sketchers están publicando en editoriales independientes y en las redes sociales, lo que aún les da más visibilidad.

A Rigo le gusta dibujar personas: «Empecé a trabajar en una serie de dibujos animados y yo era fondista, recreaba los escenarios mientras mis compañeros hacían los personajes.
Me gusta porque es algo terapéutico. Practicas el mindfullnes: captas y te fundes con el presente». Entre sus herramientas preferidas está el pincel japonés. Rigo cambió el ordenador por la docencia con niños y el año pasado acudió al simposium de Urban Sketchers, que congregó a 800 inscritos del mundo. Este año se celebrará en Amsterdam y quiere ir Liliana Boffi: «Así te sientes miembro de un equipo muy potente».

Liliana Boffi es una arquitecta de Buenos Aires. En 2014 decidió estudiar Ilustración en la Escola d’Art i Superior de les Illes Balears (EASDIB). Su experiencia se nota en sus obras. Es una perfecta ilustradora de los edificios más bellos de Palma.

Boffi señala que cuando se juntan con los dibujantes del Còmic Nostrum «sientes la presión de tus compañeros, su energía, y así salen mejores trabajos». Boffi señala que
siendo miembros de Urban Sketchers, se les permite acceder a sitios no tan públicos, como el Museo de Mallorca o las terrazas de la Catedral. Dejan testimonio de esta Palma del siglo XXI para nuestros herederos. Y Zanoguera propone un reto: comprar obra de urban sketchers, a precios muy asequibles, en lugar de láminas de otras ciudades. El talento local se lo merece.