Santiago Flores, con su mujer. Él vive en la zona desde hace dos décadas. | Alejandro Sepúlveda

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Los vecinos del Molinar ponían este lunes la voz de alarma en nuestro periódico: los asentamientos chabolistas crecen en el barrio y los residentes temen que los narcos de Son Banya se vayan a trasladar allí mientras se desmantela su poblado.

Así que visitamos los alrededores del campo de fútbol Es Rotlet, donde se habrían instalado los nuevos residentes. En el Molinar hay cuatro lugares en los que viven gitanos. Se trata de dos casas mallorquinas, de cuando la zona era totalmente rural; de un solar donde, hasta hace poco, había un contenedor donde vivían María, sus hijos y su nieto; y un asentamiento junto a una carretera asfaltada en el que vive el matrimonio Santiago Flores y sus tres niños desde hace veinte años él y diez ella, cuando se casaron. En estos cuatro lugares reina el orden y la limpieza. En otros hay chatarra apilada, que es, en parte, de lo que viven.

Algunas viviendas son ocupadas por 'Los Extremeños'. Se trata de una casa principal y de otras adosadas a este edificio, que se han ido construyendo a medida que la familia crecía. Una de las hijas nos muestra el interior. Nos llama la atención el orden. Afuera, y debidamente enjaulados, hay gallos y gallinas.

Nuestra interlocutora nos cuenta que «por aquí no han venido gitanos de Son Banya. Ni aquí ni en la zona. Nosotros vamos a vender a los mercados. También vendemos chatarra. En el barrio nos conoce todo el mundo. Todos hemos pasado por la escuela. Pregunte allí por nosotros y verá».

Terminamos nuestro recorrido en la casa de una de las hijas de nuestra anfitriona. Estaba con sus hijos. No puso ningún inconveniente para que visitáramos el interior, limpio y ordenado. En la estantería hay una vajilla de la marca Chanel «que le regalamos cuando se casó», nos explica la madre.

Cerca de la curva del camino sin asfaltar se encuentra la casa de unos familiares de 'Los Extremeños'. La mujer con la que hablamos tampoco tenía conocimiento de nuevos pobladores. Uno de los hombres que estaba por allí remacha el tema con un ademán: «Por aquí no encontrará a ninguno de esos de Son Banya».

María vive en una caseta

Otra de las residentes es María, que sigue viviendo en el mismo lugar de hace dos años con sus hijos y nieto. La diferencia es que ahora habita una caseta en vez del container de antaño, en el que en invierno se morían de frío y en verano se achicharraba de calor. «Mi hermano me ha ayudado a construir esta caseta. Me ha costado dejar de comer muchos días», dijo.

María también asegura que «por aquí no se ha venido a vivir ningún gitano de Son Banya. Bueno, sí –rectifica–, han venido unos tíos míos, ya mayores, pero que nada tenían ni tienen que ver con la droga, sino que eran mal vistos por los que la vendían».

Por último, estuvimos con los Santiago Flores, Joaquín y María del Carmen, y sus tres hijos, María Dolores, Joaquín y Abraham. Todos son palmesanos. Viven de la chatarra y de una renta social «que no alcanza para vivir todos dignamente, pero sobrevivimos, ¡qué remedio!». Aseguran que «aquí no han llegado gitanos de Son Banya. Lo sabríamos porque nos conocemos a todos».

Resulta curioso que todos están empadronados en el lugar donde viven. Incluso les llegan las cartas. ¿Cómo es posible, especialmente si nos referimos a los habitáculos? Y es que para empadronarse es necesario residir en una casa cuya célula de habitabilidad lo permita. Eso, en la teoría.

Todas las casas disponen de un cubo grande en el que se vierten las basuras que después se trasladan al contenedor cercano. Algo que no sucede en Son Banya, donde la basura se acumula por todas partes.