Eran otros tiempos. Fuerte abrazo entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en el hemiciclo del Congreso coincidiendo con el debate de la moción de censura. El primero ha conocido la plena expresión de lo que significa ser presidente, el otro ha abandonado la política y se ha cortado la coleta. | Efe

La moción de censura contra el Gobierno de Mariano Rajoy terminó con las últimas legislaturas del partido conservador en el poder en nuestro país. Ahora que se han cumplido cuatro años del movimiento que permitió a Pedro Sánchez proclamarse presidente, como coste político por la corrupción del viejo PP, la coalición que sustenta el ejecutivo progresista vive sumida en una creciente dificultad casi permanente.

Al PSOE se le acumula el trabajo; Esquerra mantiene su posición beligerante tras el escándalo de espionaje a independentistas con Pegasus, y esta semana volvió a votar en contra de un texto del Gobierno al que en su día se comprometieron a darle apoyo. Hablamos de la ley audiovisual, una nueva norma en cuya tramitación y debate final en la cámara baja quedó a la vista de todos como ambas caras del ejecutivo central andan algo a la gresca. No es la primera vez. Recordemos que duras palabras emanaron de la tribuna de oradores del Congreso cuando las diferencias sobre el castigo a los proxenetas marcaron un abismo insalvable entre las posturas de cada uno sobre la ley de garantía integral de la libertad sexual.

Este pasado jueves el presidente Sánchez inició el debate en el Pleno del Congreso sobre el espionaje con Pegasus para cargar contra los «escándalos de corrupción» del actual principal partido en la oposición, criticando su «gula para apropiarse del dinero público» y la creación de «policías paralelas», en alusión a los casos 'Gürtel' y 'Kitchen'. Esas palabras gruesas en sede parlamentaria aluden a otras, pronunciadas estos días en audios y escritas en los papeles. Las nuevas conversaciones conocidas entre María Dolores de Cospedal y el comisario José Manuel Villarejo resultan llamativas y son elocuentes de una etapa de nuestro pasado no muy alejada en el tiempo.

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Para algunas miradas interesadas en la política nacional Sánchez quiso hacer una especie de trampantojo parlamentario. Así sacó a relucir la corrupción del PP de la era Rajoy para apartar el foco de Pegasus, las actividades del CNI y las escuchas legales o ilegales a personas supuestamente sospechosas de fomentar el quebranto constitucional. Pocos se lo compraron, a juzgar por las reacciones de sus socios como Gabriel Rufián, quien adujo nuevamente que las explicaciones no explicaban nada y que «España huele a cerrado». Por la tarde Unidas Podemos se abstuvo por primera vez en una ley en la que ellos mismos habían trabajado.

No pasemos por alto todas las cosas que han sucedido en estos cuatro años, una pandemia, una erupción volcánica y una guerra a las puertas de Europa entre ellas. Pase lo que pase Villarejo sigue asomándose de vez en cuando a los medios de comunicación con algún susto revelador. La resiliencia y la adaptabilidad del Gobierno de Sánchez habían sido una seña de identidad hasta ahora, cuando parece que empiezan a flaquearle los apoyos, siendo el PNV y Bildu aquellos más fieles según se desprende de las últimas votaciones en sede parlamentaria. Sin embargo, al menos en público, a los socialistas no se les ve inquietos.

Precisamente Adriana Lastra aseguró que la coalición del Gobierno «está más fuerte que nunca». Otro peso pesado como Nadia Calviño incidió en que la geometría variable también salva leyes. La reflexión se antoja especialmente relevante en la semana en que se cumplen cuatro años de la moción de censura al PP de Rajoy. Salvando a menudo leyes in extremis con los votos del partido al que arrebató el poder uno corre el riesgo de plantearse si para este viaje eran precisas las alforjas que un día pactaron con una firma y un abrazo Pablo Iglesias y Pedro Sánchez.