Los reyes Felipe VI y Letizia saludan al presidente de Baleares, José Ramón Bauzá (d), y la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes (2d). | Zipi

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La austeridad se vio en el tamaño de los pinchos, pura cocina de deconstrucción, pero lo que salvó el hambre de los invitados fue el jamón. Con el madrugón que exigen las ceremonias reales –ayer hubo dos seguidas y multitudinarias–, la mayoría de los más de 2.000 invitados citados en el Palacio Real de Madrid, más los que llegaron desde el Congreso, fueron sintiendo un vacío en el estómago según transcurría la mañana y el principio de la tarde. Y ahí fue donde el producto patrio salvó la situación.

Camareros vestidos de librea a la manera dieciochesca recorrían los salones y el gran pasillo interior con diminutas delicatessen y platos de pernil que se vaciaban rápidamente. Los invitados de la sociedad civil y autoridades ocuparon los salones Carlos III y sus señorías, diputados y senadores, los denominados María Cristina. En honor del presupuesto dedicado al cóctel hemos de reconocer que hubo abundancia y que los hambrientos pudieron mover los carrillos justo hasta la entrada al Salón del Trono. De hecho, muchos llegaron con el olor de la última croqueta en las manos justo antes de cumplimentar a los Reyes.

El besamanos fue largo y, al menos, duró unas tres horas. Los invitados iban cruzando salas y salas, fotografiándolo todo e inmortalizándose en las esquinas y rincones más señoriales, o al lado de grandes lienzos como los de la reina Isabel II. Las señoras, agotadas por varias horas subidas a altos tacones, aprovechaban para sentarse en sillas y sillones a cuya comodidad jamás podrían acudir en caso de una visita turística. Pero todo el mundo soportó estoicamente la espera sabiendo que asistía a un momento histórico y con más deseo del confesado por el momento de gloria que significaba llegar tan cerca de los Monarcas, saludarles. Porque muchos repetirán en función de su cargo o profesión, pero para otros seguramente sería la primera y única vez.

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Era un día en el que igual te tropezabas con un ministro en activo, o un ex de algo, o te pisaba un ilustre de las artes y las ciencias.

La representación balear fue numerosa, encabezada por el presidente José Ramón Bauzá. En palacio estuvieron los representantes de las principales instituciones: Margalida Durán, de blanco años cincuenta, presidenta del Parlament; Teresa Palmer, delegada del Gobierno; Mateo Isern, alcalde de Palma, y su esposa, María José Barceló, también de blanco, pero en encaje; Maria Salom, presidenta del Consell de Mallorca, con su esposo, Francisco España; y Antoni Terrasa, presidente del Tribunal Superior de Justicia de Balears, quien aprovechó el viaje a la capital para reunirse con colegas de trabajo. El empresariado mallorquín también estuvo invitado. Entre los hoteleros, Sebastián Escarrer y Simón Pedro Barceló; del Grup Serra acudió su presidenta, Carme Serra, quien accedió al palacio junto a Juan José Hidalgo, presidente de Globalia. Del mundo de la cultura, se vio a la académica y escritora Carme Riera y el gran amigo de los Reyes, Jaime Anglada, entre los más madrugadores, pues llegó directamente del aeropuerto. También estuvieron el exministro Santiago Rodríguez Miranda, los hermanos Rodríguez Toubes y los diputados y senadores del PSOE y el PP.

Para todos significó un día especial, digno de comentar en las calurosas noches del verano.