Eva Botella posa de espaldas, junto a su madre. | Jaume Morey

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Eva siempre ha notado que era diferente al resto, sobre todo porque los demás se comportaban de una manera que ella no entendía y porque «ellos veían algo diferente en mí». Tiene 16 años y reconoce que ha sido una niña solitaria y que cuando se enfadaba, debido a la frustración, era muy agresiva «y luego me sentía fatal». Habla en pasado porque ahora lo tiene más controlado. El problema en la escuela eran los niños «me chinchaban para que me enfadara porque les divertía, básicamente era bullying pero en ese momento no me daba cuenta. De pequeña pensaba que tenía amigos cuando no era así, ahora lo veo», explica.

La medicación y las terapias ayudaron a esta evolución y en primero de ESO hubo un cambio de chip, «fue como si empezara de cero», dice.

¿Sientes que has madurado antes que el resto?
—La gente de mi edad hace cosas que yo no entiendo como no cuidarse fumar sabiendo que es malo... Yo soy más consciente de lo que quiero y de lo que necesito.

¿Lo has pasado mal?
—Sí.

¿Y estás bien ahora?
—Sí, ahora sí. Esto no se va pero sí mejora y puedes tener una vida normal aunque la sociedad está preparada sólo para gente neurotípica.

¿Has tenido que cambiar la forma de relacionarte?
—Sólo puedo ser yo misma con la gente con la que tengo más confianza. El problema es cuando estoy conociendo a alguien que es como en una primera cita: te disfrazas mucho, pues lo mismo. Cuando conozco a alguien me muestro poco a poco. Si veo que me empieza a aceptar, avanzo. Para mi socializar es como un juego de estrategia.

Por suerte en la asociación de Asperger, Eva se ha encontrado con chicas con su mismo trastorno y con ellas «nos entendemos mejor, dicen que los TEA se atraen», señala. Y es que cuando se está con alguien que te entiende «nos ponemos más de acuerdo en lo que hacer». Eva explica, por ejemplo, que a ellas les afecta mucho el ruido ambiental, «ir al parque es muy molesto», así que es fácil acordar ir a otro sitio.

En su caso, además, percibe los sonidos agudos con dolor. «Falto mucho a clase porque allí golpean ventanas, puertas o gritan y eso a mí me duele. Cuando les pido que paren, no lo hacen y me enfada», explica.

Ha ido hasta a tres escuelas diferentes y siente la necesidad de contar la «anécdota» vivida en una de ellas. «Los profesores nos echaban la culpa de mi comportamiento a mi madre y a mí», recuerda, «pero cuando pasa algo de forma reiterada hay que avisar a un psicólogo, porque igual no es un alumno problemático».

El TEA no es una enfermedad que desaparezca, «nosotros nacemos y moriremos con esto», dice. Para que la acepten tira del masking: se enmascara, pero «es agotador mental y emocionalmente porque tienes que fingir todo el día», lamenta. «Lo hacemos siempre, casi de forma natural y cuando llegas a casa explotas», añade. Y esa cualidad tan femenina hace que muchas niñas se diagnostiquen tarde porque fingen hasta que su cuerpo no puede más.