Hugo Gallent, sobre estas líneas, posa en la Ciutat Condal, a la que se ha trasladado a cursar el grado de Comunicación Audiovisual.

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La dislexia es un trastorno del que se habla poco, muy poco en realidad, y a menudo se infravalora. Sin embargo, se trata de una patología que afecta aproximadamente a entre el 10 y el 15 por ciento de la población en España. Según diferentes estudios, un 6 % de los estudiantes presentan este trastorno del aprendizaje, lo que supone dos o tres niños en una clase de 25. «El problema es que su detección es muy complicada de realizar, lo que lleva a que se tache a estos estudiantes de vagos o despistados, cuando en realidad son, simplemente, disléxicos», explica Araceli Salas, presidenta de DISFAM, la Organización Internacional Dislexia y Familia.

La dislexia, que este domingo celebra su día mundial, puede acarrear dificultades en el aprendizaje de la lectura, de la escritura, trastorno de la atención o a la hora de aprender matemáticas, pero Salas incide en que «no hay un disléxico igual». Aunque el principal problema de las personas a la que se les diagnostica la dislexia no es la dificultad de aprender, es la ignorancia y la falta de empatía de la gente. «Siempre les recuerdo a los chicos y chicas que pertenecen a la entidad que ellos no padecen dislexia, padecen la ignorancia de la gente», denuncia la presidenta de DISFAM.

Ignorancia

Eso mismo ha vivido en carne propia Hugo Gallent, un palmesano que ahora reside en Barcelona, en donde estudia el grado de Comunicación Audiovisual. Tiene 26 años y con tan solo seis le diagnosticaron la dislexia. «No dejo de agradecer a mis padres que se dieran cuenta a tan corta edad de que algo me sucedía», apunta este joven. ¿Por qué fue tan rápido? Su familia detectó que le costaba leer más de la cuenta, no lograba memorizar y aprender ciertos conceptos.

El estigma de la dislexia debería estar superado al existir herramientas que ayudan a estudiar y hay una legislación aprobada en 2004, pero Hugo confiesa que su carrera educativa no ha sido precisamente un camino de rosas: «Me ha costado entender que soy disléxico, no tonto, aunque mucha veces me hicieran sentir así en clase, tanto por parte de compañeros como profesores», confiesa Hugo, que durante años tuvo una autoestima baja y se quedó sin probar muchas extraescolares porque necesitaba más horas que el resto para llegar al mismo punto.

Por eso, y porque en más de una ocasión no se sentía a gusto en el colegio, confiesa que dejó de asistir en más de una ocasión a clase: «Echo la mirada atrás y no guardo rencor ni a los compañeros que me enfilaron ni a los docentes que eran demasiado paternalistas o que no entendían que yo podía llegar al mismo lugar que el resto de alumnos, solo necesitaba un poco más de tiempo y de esfuerzo que el resto», apostilla.

El apunte

Mallorca se suma al Día Internacional de la Dislexia

La Isla, al igual que muchos zonas del país, se tiñe este domingo por la tarde de azul turquesa para celebrar el Día internacional de la Dislexia, que tiene como objetivo visibilizar y concienciar sobre este trastorno del aprendizaje. Así, el Consolat de Mar, el Ajuntament de Palma, así como otros consistorios de la Part Forana cambiarán por un día la iluminación de sus fachadas por este color, símbolo de este trastorno.