Carolina, con el periódico, hace la entrevista anónima por su nieto. | Emilio Queirolo

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Dos testimonios se desnudan por primera vez sobre su relación con los Testigos de Jehová. Tanto Carolina, madre y abuela, como Marcos (ambos nombres ficticios) lo hacen llamándose víctimas. La pesadilla de Carolina comenzó cuando uno de sus hijos decidió convertirse en testigo, a pesar de que toda su vida había sido católico. Lo hizo por una mujer que conoció, según cuenta la entrevistada. En el caso de Marcos, fue expulsado no por ser homosexual, aunque ésta fue una condición sexual que tuvo que esconder durante años, sino porque se hizo amigo de una expulsada de los testigos.

Carolina y Marcos son mallorquines, no se conocen y sus vidas son totalmente distintas, pero con sus testimonios pretenden ayudar a otras personas envueltas en una situación parecida y en la que no ven salida. «Nadie sabe lo que he sufrido por los testigos», se lamenta Carolina. O como comparte Marcos:«En el instituto sufrí episodios de bullying por ser testigo y por ser maricón».

Ambos coinciden en la decisión de ocultar su identidad en este reportaje. Lo hacen por una misma razón: sus seres queridos. Como cuentan, son víctimas de haber sido separados de su hijo, en el caso de ella, y su familia, en el caso de él, por parte de los Testigos de Jehová. Un dolor, dicen, «irreparable».

«No tengo relación con mi hijo testigo desde hace 17 años»

Carolina batalló por no perder a su nieto, del que le querían separar

«Hace 17 años que perdí a mi hijo. Se convirtió en testigo de Jehová. Apenas tenemos relación». Son las desgarradoras palabras de una madre que vive un duelo desde entonces por partida doble: la de su hijo, con el que apenas tiene relación, y la de su marido, recién fallecido. Carolina (nombre ficticio) batalló por no separarse de su nieto, que hoy tiene 21 años «y por suerte no cree en nada de Jehová». Dio todo por este joven, pero asegura que «sin la ayuda de mi exnuera –la madre del nieto–, no lo hubiese conseguido».

Para entender esta historia, nos remontamos a casi 20 años atrás.Carolina tiene dos hijos que han sido educados bajo el catolicismo. Uno de ellos se separó de su mujer, con la que tuvo un bebé: el nieto de Carolina.    «Poco después conoció a una testigo de Jehová y ahí empezó todo».

En ese momento, el hijo divorciado vivía en casa de su madre. «Me acuerdo que tenía libros de Jehová escondidos; ya empezaba a convertirse. Cuando se marchó de casa, y se casó de nuevo con esta mujer testigo, nos dejó de hablar». Recuerda que se enteró de que su hijo se casó a través de redes sociales. «Tampoco nos dejaba ver a mi nieto, así que cogimos un abogado y acudimos a una mediadora».

Juicio

Cuenta Carolina que la mediación no funcionó y fueron a juicio. El papel de su exnuera fue clave. Ella firmó a favor de que Carolina, la abuela, viera a su nieto. El joven tenía en ese momento ocho años. «A día de hoy con mi nieto no hablamos de los testigos porque nos han destruido la vida», lamenta Carolina, quien no perdonará que la actual mujer de su hijo «hubiera intentado convertir a mi nieto cuando era pequeño». Carolina sigue yendo a psicólogos para superar todos estos episodios que no solo la marcan como madre que es, sino como abuela. A pesar de ello, su relación con el joven es perfecta, y puede respirar sin preocupación. «Hace muchos años que conozco a los testigos de Jehová y es por eso que no podía consentir perder a mi nieto, porque ya he perdido a un hijo».

«Abusaron de mí en un baño y ningún testigo hizo nada»

A Marcos le expulsaron con 21 años; desde entonces vive en la Península

El libro de la vida de Marcos (nombre ficticio) está en blanco desde el capítulo de la adolescencia hasta su veintena de edad. Esas páginas marcarían las peores pesadillas de un chico creyente a pesar de que la religión le falló. «Nací en una familia de testigos de Jehová. Mi infancia la recuerdo como la etapa más bonita que he tenido nunca. Mi refugio eran mis padres». Cuando Marcos entró en el instituto, empezó una nueva etapa en su vida. Fue aquí cuando sintió que le gustaban los hombres, a través de series de televisión que veía a escondidas: «Notaba que era diferente. Esos años los recuerdo muy malos». Porque a Marcos no solo le tocó lidiar con su condición sexual, que «me hacía sentir culpable», sino que además empezó a sufrir episodios de bullying «por ser testigo y  ser maricón».

Abusos

Nunca antes se había desnudado tanto, pero lo hace en esta entrevista porque sus sesiones psicológicas le ayudan a sanar. Y lo cuenta emocionado pero sin decoraciones: «Con 14 años y medio, cuando iba a misa, había un hombre, testigo, que siempre se levantaba cuando yo iba al baño. Se tocaba mirándome. Estuvo así un tiempo. Ya cuando le veía venir, me encerraba en el baño. Se lo conté a mi madre y ella al anciano de mi congregación. Nos dijo que este escándalo no podía salir a la luz porque mancharía el nombre de Jehová. Abusaron de mí y ningún testigo hizo nada».

Su decepción por la religión empezó a florecer. Ya no se engañaba a sí mismo sobre su sexualidad, experimentó el salir de fiesta a escondidas y tener parejas. Pero sí ocultaba todo esto de cara a su familia, sobre todo a su madre, lo que más le importa. A Marcos le expulsaron con 21 años, no por ser gay, sino por ser amigo de una expulsada. Decidió  que era hora de moverse y se marchó a la Península sin nada, sin familia, aunque no lo ha perdido todo: «Hablo con mi madre a escondidas».