Álex Oliver, Oriol Oliver, Aina Comas, Giselle Encina, Lisa, Leo y Carlos. | Teresa Ayuga

Los lazos de sangre y los apellidos no te convierten en familia, pero sí decenas de detalles, anécdotas y vivencias. Leo, Carlos y Lisa son hermanos biológicos, pero no viven en la misma casa. Aún así, sus respectivas familias adoptivas intentan que mantengan la relación y que se vean asiduamente. Leo y Carlos tienen 13 y 12 años respectivamente, Lisa 11. El IMAS tiene la custodia de los dos mayores desde que cumplieron los dos años: han pasado por diferentes casas de acogida, volvieron con su familia biológica una temporada, pero salió mal; y hubo un intento de adopción fallido. Tan jóvenes y dando tumbos. En agosto de 2019, unos meses antes de la pandemia y el confinamiento llegaron al hogar de Aina Comas y Alex Oliver para quedarse. Fue un golpe de suerte para todos.

«Siempre hemos querido una familia grande, nos gustan los niños y el jaleo en casa, pero ya somos padres biológicos, dos de nuestros hijos están estudiando fuera de la Isla y queríamos compartir nuestra vida con otros que no fueran de nuestra sangre. Por eso iniciamos los trámites de adopción en el Instituto Mallorquín de Asuntos Sociales», explica Aina Comas, madre de acogida de Leo y Carlos. «Como ya hemos pasado por la crianza de bebés, cuando nos apuntamos en las listas del IMAS, explicamos que buscábamos niños mayores, podían ser hermanos y no nos importaba que tuvieran algún tipo de discapacidad».

Curiosamente, ya conocían 'de lejos' a los que ahora son sus hijos. Su última casa de acogida estaba en el Llevant de Mallorca, así que el proceso fue poco habitual. Aina y Alex presentaron su autocandidatura para la acogida permanente, con la idea de convertirla en una adopción final. Los servicios sociales valoraron la situación y entendieron que lo mejor para Leo y Carlos era que se quedaran en la localidad. «Decimos que estaban predestinados a estar con nosotros. Los niños tienen una foto, cuando eran más pequeños, y nuestros caminos se no habían cruzado, precisamente delante de nuestra casa», recuerda Aina.

Los niños comenzaron el proceso de adaptación en agosto de 2019, seis meses después, llegaba el confinamiento. Para la familia fue una gran oportunidad de conocerse, pasar tiempo juntos y acoplarse. «Una cosa es la teoría, otra la realidad. Teníamos que entender las reacciones de los niños. El proceso no ha sido un camino de rosas, pero no nos arrepentimos. Somos familia desde el minuto 1», apostilla Alex Oliver, padre adoptivo de Leo y Carlos.

En este sentido, su mujer recuerda que «cada familia tiene sus propias dinámicas y normas, a veces hay peleas, imagínese con dos niños que llegan a un nuevo hogar, con una mochila de vivencias a sus espaldas y habiendo pasado por tantos procesos similares. Les costó entender que la maleta no iban a volver a hacerla. Ahora saben que vamos a estar ahí para acompañarles, cuando están alterados, cuando son los niños más cariñosos del mundo... siempre. Ahora entienden lo que es tener una familia».

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Leo, Carlos y Lisa.

Para Aina y Alex, que conocían el pasado de sus hijos, era importante que los chicos pudieran seguir en contacto con sus padres biológicos y con el resto de sus hermanos: el mayor, que ya está emancipado, y Lisa, su hermana pequeña, que encontró una nueva familia en Palma, al mismo tiempo que Leo y Carlos. La buena conexión entre los padres permite a estos tres hermanos mantener una relación cercana. «Una veces subimos, otras bajan. Pero queríamos una adopción abierta, que Lisa conociera sus raíces y de dónde venía. Para nosotros era primordial», explica Giselle Encina, la madre de Lisa.

Giselle y su marido, Juan Antonio Ferrer, siempre tuvieron claro que tener hijos biológicos no era una prioridad. Pero con los años tomaron la decisión de que tenían una buena vida y estaban dispuestos a abrir las puertas de su hogar a un menor sin familia. «Empezamos sin muchas esperanzas los cursos de idoneidad y nos dimos un plazo de tres años para lograr nuestros objetivo. La primera opción fue un adopción internacional en Filipinas, y en el proceso nos dimos cuenta de que no teníamos miedo a adoptar un niño más mayor. El 30 de mayo de 2019 entregamos la documentación en el IMAS, Lisa entró en nuestras vidas el 5 de julio. Fue una casualidad preciosa. Encajamos desde el primer momento, y eso que la preadaptación suponía vivir entre la familia de acogida en la que estaba en ese momento y la nuestra», explica Giselle.

Para los padres de Leo, Carlos y Lisa ha sido fácil que los hermanos mantengan el contacto, la química entre ellos ha sido estupenda. El vínculo sigue intacto y pueden hablar de la gran familia que forman.