Turistas con sus maletas caminan hacia Can Serra. | M. À. Cañellas

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Hay un lugar mítico que ya no existe. Es el Macondo de Palma: no es ficticio y sigue en la memoria de los que lo vivieron, que aún recuerdan cómo se convirtió en un foco de degradación por la droga y la prostitución, pero también acogía a las clases humildes. Tres décadas después, pasear por el Casc Antic en busca del barrio chino parece más bien el rastreo de restos arqueológicos. Y ya quedan pocos: la piqueta tiró edificios enteros y suplantó el trazado árabe por cuadriculas perfectas que ahora ocupan los juzgados de sa Gerreria y la plaza Raimundo Clar. «Antes éramos el barrio chino y ahora somos el Casc Antic», resume a la perfección Manel Domènech, miembro de la Associació de Veïns de Canamunt. El vecino recuerda que su propia casa acogía Los Faroles, «una casa de señoritas». «El barrio chino antes era popular, donde se mezclaban palacios con casas humildes», explica.

Domènech aún recuerda el ruido del derribo de edificios enteros para el embellecimiento del centro. «No sé si se dejó caer el barrio a propósito», pero el Plan de sa Gerreria «fue una operación totalmente privada y la Administración dio el derecho a la expropiación a una empresa. Era un barrio vivo, aunque degradado y tirado. Y estas actuaciones animaron a la iniciativa privada, lo que trajo la gentrificación. Se cargaron toda la trama urbana».

Indemnizaciones

Los vecinos que residían allí fueron indemnizados «con cantidades irrisorias» y se produjo la expulsión de aquellos que vivían de alquiler, exiliados a Pere Garau, Son Gotleu, La Soledat, Nou Llevant o El Vivero. El propio Domènech recibe ofertas para vender, pero ha hecho caso omiso a los cantos de sirena inmobiliarios. Tolo Serra, del Bar Plata, no puede evitar la añoranza: «Era de puta madre el barrio chino». Nació en la calle Samaritana y afirma con tristeza que «ya no queda nada. Se ha vuelto un barrio muy selecto». Recuerda que con la llegada del Pla Mirall «hubo gente con información privilegiada que compraba a buen precio fincas en muy mal estado».

Vecinos que hacían vida en la calle cuando aún existía el barrio chino

En los 90 era posible adquirir un edificio por un millón de pesetas, 6.000 euros. Hoy, un inmueble en ruinas alcanza con facilidad los 700.000 euros y hasta 1,2 millones si está en mejor estado. Una vecina cuenta que en los años 90 compró su casa por 130.000 euros y ahora ya se cotiza por encima del medio millón de euros. «Una vez que sales ya no vuelves a entrar», dice Xisco Oliver, superviviente del barrio, que añade que «los que quedamos fue gracias a que habíamos comprado. Luego los bares se desmadraron pero la cosa se ha tranquilizado». Oliver recuerda que «hubo pelotazos inmobiliarios de manual» y los yonquis y la prostitución se sustituyeron por propietarios del norte. El exilio fue un hecho: «Todos los que vivían de alquiler fueron desplazados», cuenta.

Jordi Bayona reside desde hace dos décadas en el barrio. En su actual casa vivía antes «un capo que vendía droga». Bayona recuerda que «todo el mundo apoyó el derribo del barrio chino. La inversión privada ganó una millonada y hasta 2006 muchos locales estaban vacíos hasta que llegó la ‘Ruta Martiana’». El cambio de Canamunt se produjo por etapas pero es irreversible. «Arquitectos italianos vinieron aquí cuando ya habían derribado los edificios y se llevaron las manos a la cabeza, se habían cargado todo el trazado árabe».

«Aquí ya no hay barriada ni nada. Todo son ingleses y alemanes», dice María Rosa Aznar, más conocida como ‘La Mari’, mientras recibe a un vecino alemán que lleva 25 años integrado en Canamunt. Rodeada de edificios en un estado impecable, se perciben destellos de resistencia: inmuebles casi ruinosos, muy pocos, que no han sucumbido a la fiebre rehabilitadora y especuladora. ‘La Mari’ confiesa que «no quiero vender mi casa, pero no tenemos dinero para rehabilitarlo. Todos se han marchado o les indemnizaron. En su local se juntaban una veintena de vecinos a hacer tertulia. Ahora solo quedan tres.

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María Rosa Aznar, más conocida como ‘La Mari’, vecina del barrio.

La gentrificación, un proceso que duró varias décadas

En 1998 el Ajuntament de Palma llevó a cabo el Plan Especial de Reforma Interior que rehabilitaba la zona y supuso la expropiación de 14.000 metros cuadrados para levantar nuevas manzanas.
El antropólogo Marc Morell, especializado en gentrificación, es profesor de la Universidad de Bergen (Noruega) y su tesis se centró en el barrio chino de Palma. «La degradación del barrio fue paulatina y en los 70 empezó una economía informal no solo vinculada a la prostitución y la droga».

El Plan Especial de Reforma, llevado a cabo por el alcalde Joan Fageda, contó con fondos europeos y por primera vez «entró el capital privado en las expropiaciones». De las clases populares se pasó en 2007 a la asociación de vecinos Canamunt: «Entraron muchos vecinos nuevos con estudios universitarios y funcionarios». Y en 2015 «llegó el alquiler turístico, que hizo que subiera el precio de la vivienda». Las VPO que se construyeron en la zona se reconvirtieron en pisos turísticos. Historias del barrio, de Gabriel Beltrán y Jaume Seguí, reflejó la añoranza por un barrio que ya no existe.

El apunte

El objetivo de Xisco Bonnín, testigo de la caída de un barrio casi olvidado

En las fotos de Xisco Bonnín perduran bares que ya no existen.

El fotógrafo Xisco Bonnín, al frente del Archivo del Sonido y de la Imagen de Mallorca, fue vecino del barrio chino y testigo de su derribo. En su archivo fotográfico personal aparecen estampas ya desaparecidas. «En 1998 alquilé un piso en la plaza Quadrado. Tenía mala fama pero me parecía interesante», recuerda Bonnín. Impacta