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La postura del tenista serbio en Australia no ha sido muy edificante que digamos, Djokovic es libre de vacunarse o de tirarse cabeza abajo por un barranco, pero tratándose de una figura universal del deporte los modos deben ser otros. El chaval tiene problemas de personalidad, digamos que es algo extraño, recuerden cuando se hacía el gracioso imitando los gestos de Nadal en los partidos. Ahora dicen que su compañera es vegana y tiene mucha influencia en sus decisiones, tal vez tenga algo que ver con lo de no vacunarse.

El chico es joven, famoso, rico, y aunque no emite el sonido del asno como el futbolista Cristiano Ronaldo, es tan engreído y botarate como él. Pudiera ser que parte de culpa la tuvieran sus papás, las maneras de los padres son importantes para los hijos, bastaba con oír al viejo en la televisión para hacerse una ligera idea, con un descaro brutal acusaba a las autoridades australianas de secuestrar a su hijo y encerrarlo en una habitación de hotel (algo parecido al lío con los papás de los jóvenes confinados en el hotel de Palma), quizá su familia pretendía iniciar otra guerra de los Balcanes esta vez con Australia. El padre, la madre y el hermano incitaban a las masas y enardecían a los negacionistas en favor de su niño.

Tal vez pensaban que Australia era un país bananero y dejarían a su hijo saltarse las normas, deberían saber que Australia lleva años de ventaja democrática a Serbia. Las normas están para respetarlas y cuando alguien pretende saltárselas pasa lo que pasa. Los insolidarios estaban contentísimos con el follón, un famoso del no vacunas participaría en el Open de Australia sin que pasara nada. Pues no amigos, no participará porque el Alto Tribunal de allí (que no es como el de aquí) no lo ha permitido. El presidente de Serbia, Aleksandar Vucic, declaró que el tenista había sido maltratado como en una caza de brujas –debe haber algo de complejo en la antigua Yugoslavia–, mientras que los australianos le han recordado «los grandes sacrificios que Australia hizo durante la pandemia». Por cierto, Balears, la política de protección fronteriza en aquel continente ha dado como resultado una de las tasas de mortalidad más bajas.