Un profesional sanitario, trabajando en una UCI. | Efe -

Mejor dicho, los profesionales que trabajan en las UCI (médicos y enfermeras) salvan vidas.

Quienes entran en una unidad de cuidados intensivos (UCI) son aquellos pacientes que tienen alguna condición grave de salud que pone en riesgo su vida y que por tal requieren de una monitorización constante de sus signos vitales. Hoy volvemos a ver las UCI prácticamente llenas. El momento que han vivido las ha enfrentado a una gran carga emocional, donde todo el equipo que trabaja en ellas, ha tenido que poner lo mejor para sacar adelante a pacientes en diversas y difíciles situaciones.

Y la situación ha pasado de momentos de colapso a otros en los que parecía que todo se estaba arreglando con prácticamente 0 ingresos en estas unidades, para volver en estos momentos a una situación donde las camas libres vuelven a ser pocas.

Leemos noticias que nos dicen: «Avanza con fuerza la COVID: suben los ingresos y las ucis», «Los ingresos por covid se duplican en solo diez días», «La UCI alcanzó una supervivencia del 84% durante la pandemia», «Un chico de 18 años, en la UCI a causa del brote de COVID-19», «Los ingresos y ucis suben», «La incidencia se dispara entre los jóvenes hasta los 640 casos tras el fin de semana», «Los no vacunados llenan las UCI», «Los ingresos COVID en UCI se mantienen», «Jóvenes con obesidad: el nuevo perfil de riesgo en la UCI»,…… Y eso preocupa de nuevo, una ola más, y van cinco.

Nada más empezar la pandemia, la incertidumbre acerca de los efectos y las consecuencias del virus hizo mella a todos los efectos en las UCI como:

1. La humanización, con protocolos como la ampliación de visitas de los familiares, que se vio mermada al priorizar otros aspectos emergentes que ponían en peligro la vida de los pacientes y tuvieron que ser los avances tecnológicos los que permitieran los contactos entre pacientes y sus familiares.

2. La atención integral se vio afectada ante el aislamiento necesario para evitar el riesgo de contagio de los profesionales.

3. El miedo de los profesionales ante las situaciones vividas y su temor de contagiar a otras personas de su entorno.

4. La falta de protocolos específicos ante la covid-19.

5. La inexistencia de material de protección adecuado.

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6. La incertidumbre ante un virus desconocido y muy letal .

7. La necesidad de ayuda psicológica de muchos profesionales.

8. El temor a lo desconocido que aumentó los sentimientos negativos, favoreciendo la aparición de emociones nunca vividas en el entorno de la UCI.

9. La poca formación específica en UCI del personal de nueva incorporación.

Situaciones difíciles que se han podido solucionar gracias al empeño de gestores y profesionales que han trabajado a tope para conseguirlo. Y todo ello en un entorno, donde España cuenta todavía con muchas más camas de UCI que las que había previas a la llegada de la COVID-19, pero muchas de ellas aún son supletorias, ocupan unidades de otros servicios o carecen de los especialistas suficientes para garantizar un trato de calidad.

Además de los ingresos de personas con vacunación incompleta o no vacunados, también hay gente que aún no les ha llegado la posibilidad de vacunarse. Entre ellos, tenemos además a las personas con obesidad que presentan un 46% más riesgo de contagiarse, un 113% más de riesgo de hospitalización, un 78% más de ingresar en la UCI y entre un 30% y un 200% más de complicaciones a la hora de superar la enfermedad que los pacientes con un peso normal.

Nuevamente la atención primaria está en situación de precariedad absoluta, en un momento que además las enfermeras nos vacunan, la salud pública sigue sin reforzar, los hospitales están tensionados, las plantas de hospitalización siguen incrementando el número de ingresos y esto al final repercute en las consultas y en la atención de otros pacientes no COVID que están esperando cirugía o pacientes crónicos que necesitan seguimientos y controles, lo que tiene también un coste importante en cuanto a morbimortalidad. Y a eso le añadimos los problemas de esta nueva enfermedad que afecta a mucha gente y que no sabemos aún cómo tratarla llamada Covid persistente.

Si desde fuera de la UCI se contribuye a generar confianza y seguridad, también se valora positivamente por pacientes y familiares. Me parece importante por tanto, el trabajo en equipo con todo el hospital y la atención primaria. También es importante que la información se haga en momento real y con acceso 24h a los familiares, para poder saber cómo se encuentra la persona ingresada en tiempo real, qué profesionales le atienden, qué pruebas le han hecho o cuándo le tocan. La UCI es de las partes más desconocidas de la sanidad y lo desconocido genera incertidumbre. Cada vez las UCIs son más abiertas y cercanas y sin duda iniciativas como el proyecto HUMANIZALAUCI han facilitado un notable cambio en este entorno de la atención sanitaria.

Es importante hacer unidades más abiertas, con luz natural u otras soluciones que impidan que el paciente tenga la sensación de estar encerrado. Y con mejor acceso de familiares para favorecer el acompañamiento. Todo ello, mejora la implicación familiar y provoca una actitud más positiva de los pacientes. Es importante además la comunicación con pacientes intubados y si se puede poner una música tranquila y más luz natural, ayudaría a un mejor estado.

La falsa creencia más extendida es pensar que las UCI son lugares de donde ya no se sale. Son lugares especializados donde se brindan cuidados exquisitos y la mayoría de los pacientes se recuperan totalmente. Y es necesario romper mitos del tipo que los pacientes están solos, únicamente conectados a unas máquinas que se controlan a distancia con los monitores, o que los pacientes están con sujeciones o ….. Nada de eso es cierto.

Avanzar hacia una UCI más humana con cambios en el sistema sanitario, en su apuesta a ser más humana, puede ayudar a conseguir unas UCI diferentes y quizás, un sistema sanitario mejor. Cuidado. Prudencia. Las UCI salvan vidas pero no pueden con todo.